"Si vamos a decidir sobre la vida y la muerte, vamos a hacerlo juntos": Claudia López

hace 6 horas
Por: Alberto López de Mesa

Protesto, luego existo

Los escritores Mario Vargas Llosa y Héctor Abad Faciolince me producen sentimientos ambiguos, porque ambos, en su vida pública denotan dualidad existencial. De un lado, con su arte, con su obra literaria sublime y reveladora, me deleitan, me asombran, me enseñan, me transforman, en cambio sus posturas políticas, acaso ideológicas, me cabrean como decimos los caribeños cuando algo nos causa desconfianza y nos saca la piedra.

El premio Nobel de Arequipa, hace rato, al final de los 70 cuando denunció presos políticos en Cuba y Fidel Castro lo declaró persona no grata en la isla y se enemistó con artistas e intelectuales pro-cubanos, empezó su cruzada contra los socialistas latinoamericanos y cuando osó postularse a la presidencia del Perú, conjuró la derrota ensañándose contra el izquierdismo con el mismo frenesí que recreo en los protagonistas de sus novelas memorables; ahora octogenario y ufano de los títulos nobiliarios que le dio el reino de España, es el Cid Campeador del neoliberalismo, pleno cortesano se codea con la ralea derechista de Iberoamérica, (Zapatero, Macri ), va del timbo al tambo echando pestes de cuánto líder o gobernaré con rasgos socialistas.

Por su lado, el de Medellín, hijo del inmolado médico Héctor Abad, uno de los líderes sociales más valientes e íntegros que ha dado Colombia, no es político, es ante todo artista y pensador, pero desenvuelto en los jardines del Establecimiento, presta su pluma a elogios y panegíricos a los de sus afectos, pero no frentes sino que recurre a postulados socarrones ya que la intención va en el subtexto, así fue en las pasadas campañas a la presidencia, sin decirlo demostraba que su candidato era Fajardo. Ahora leí su columna en el Espectador:” la rebelión de los pequeño burgueses” texto inteligente y diáfano, más desde su elocuencia salta a la vista que lo que está confesando es que él no es de paros, ni de marchas, ni de cacerolazos, pero sin delatarse, desde la tercera persona omnisciente, pese a la esmerada elocuencia el sesgo de la diletancia omite nuevas realidades en este siglo son causales de las multitudinarias manifestaciones sociales que casi simultáneas sucedieron en todos los puntos cardinales del planeta.

Sucede que así como a finales del siglo pasado los sistemas comunistas tuvieron que retractarse de sus utopías, en este siglo el capitalismo rampante se demuestra en crisis, la economía financiera boleteó su agiotismo, las riquezas inconmensurables de unos poquísimos junto a la mayoría en pobreza extrema, modos de industrialización, de producción, de consumo, de mercado consecuentes con nociones de progreso y de desarrollo que han ido destruyendo ecosistemas, naturaleza, atmósfera al colmo que el planeta presiente un colapso global. Los gobiernos obligados a favorecer a los monopolios cuya ambición sin límites ansía la anulación de las regulaciones estatales para ellos ser quienes provean, como negocio, los servicios básicos, el agua, la energía, la salud, la educación, la seguridad, muy pronto también la justicia. Como un maleficio endémico, el padecimiento es global y ahora, como nunca antes, la mayoría se ha hecho consciente de tales realidades, gracias a la democratización de la información que nos otorgaron las tecnologías digitales, las redes sociales. La concientización de las masas que procuraban los revolucionarios del siglo XX ahora se logra con el teléfono celular, porque el indígena, el campesino, el proletario, el lumpen, se está enterando en tiempo real de una denuncia de corrupción, de un tsunami en la Malasia, de los actos terroristas, de los desmanes del presidente gringo o de los obispos capturados por pederastas. Con esto no es coincidencia que en Hong Kong suceda una manifestación de 2 millones de personas, primero protestando contra una legislación de extradición a China que arriesgaba su autonomía y en seguida la multitud pasa a protestar contra la especulación financiera y contra el presidente Xi Jinping. Así mismo en Ecuador cuando el presidente Lenin Moreno pretende anular el subsidio al combustible, las protestas de camioneros hace eco en las organizaciones indígenas que en masa le reclaman la brusca reducción del 29% de la tasa salarial y sobre todo que tome medidas obediente a lo que le impone el FMI. Intimidado el presidente por la contundente movilización indígena y campesina traslado la sede del gobierno a Guayaquil y hasta allá le llegó la horda demandante que lo o ligo a desistir de lo decretado y cumplir los reclamos. Más diciente el caso de Chile dónde una protesta por el alza en el pasaje del metro

trasciende a la explosión social más grande de los últimos 35 años, el 26 de octubre de 2019 un millón doscientas mil personas se amotinaron en la plaza Italia, denunciando tres décadas padeciendo la inequidad de las políticas neoliberales concebidas por la Escuela de Chicago desde los tiempos del dictador Pinochet. El presidente Piñera, al inicio soberbio y ahí declaró: “Todos hemos escuchado el mensaje, todos hemos cambiado. Con la ayuda de Dios emprenderemos el camino a ese Chile mejor para todos”.

En Francia la reforma Pensional que avisó Macron provocó una revuelta furiosa, allá si la protesta violenta fue la estrategia que eligieron los manifestantes para que el presidente entrara en razón.

En Colombia, el 21 de noviembre pasado, lo que se advertía como un paro convocado por el gremio de trabajadores y los sindicatos en razón de las reformas tributaria, laboral y Pensional que adelantaba el gobierno, terminó siendo una explosión social sin precedentes, en la que se evidenció participación plural, estudiantes, artistas, campesinos, indígenas, ambientalistas, juventudes y hasta amas de casa de diferentes estratos sociales; ni siquiera el afán de los noticieros por desvirtuar la expresión popular resaltando los disturbios logró acallar el clamor multitudinario que esa noche concluyó con cacerolazos en los barrios tradicionales de la clase media.

Hay que decir aquí, que los gobiernos, de derecha o de izquierda, se dan malas para contrarrestar el ímpetu popular, como los pescadores tiran y aflojan en nylon para cansar los bríos del pez, recurren a la satanización de las manifestaciones, no faltan los diálogos paliativos, las promesas falsas, para así, con toda suerte de distractores, para terminar procediendo en el sentido de su cometido.

Pero la realidad es que se han engendrado nuevas ciudadanías, de diversas condición, con diversas necesidades, con diversas nociones de la vida, pero dispuestas a comulgar, como multitud, en la búsqueda de una transformación estructural de las políticas de gobierno hacia unas que propicien sociedades equitativas, desarrollos inclusivos y amigables con el medio ambiente.

Persisten las ideologías extremas, pero las que se arriesgan a encontrarse en las calles, a la sazón de las protestas, son afectadas por las magias del encuentro , gracias a esa rara inercia de las protestas públicas, tienden a mimetizarse en paisajes tolerantes, moderados proclives al diálogo, a la concertación, a los consensos. Aún es largo el pulso entre las fuerzas que se disputan la gobernabilidad,

La participación en las decisiones fundamentales de los Estados, en la construcción del devenir de las naciones, ha de ser el vórtice de la democracia moderna, por lo mismo el fundamento existencial del nuevo ser social.

Los miembros de una sociedad, sin distingo de raza, fe, edad, género, cultura u oficio se construyen como ser social útil en tanto participan en los procesos y sucesos que afectan su entorno, su esencialidad y sus anhelos. La participación en manifestaciones, la opción de expresar públicamente las inconformidades, el protestar a conciencia y con razón justifica la existencia.

901055

2020-01-21T18:29:56-05:00

column

2020-01-22T15:30:19-05:00

felipealttamar_82

none

Protesto, luego existo

22

7996

8018

 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Alberto López de Mesa

El Santiago García que conocí

Centro lejano

Vacuna contra el egovirus

Antes del Ñeñe

La perdición de la historia