Por: Eduardo Barajas Sandoval

Provisional, importante, incierto

Un acuerdo provisional es la mitad del camino hacia el éxito como lo puede ser hacia el fracaso; la ventaja es que constituye un gesto de buena voluntad de oponentes que parecían irreconciliables.

La satisfacción provisional de ambas partes puede ser la mejor plataforma de lanzamiento de un arreglo estable. Entretanto el arreglo es apenas medida, y esperanza, de lo posible.

Irán y los Estados Unidos, con la participación de otras cinco potencias, han conseguido un arreglo provisional a la controversia que mantienen prácticamente desde el triunfo de la revolución musulmana de hace más de treinta años, y que había llegado a su punto más crítico con el desarrollo del programa nuclear iraní.

El sólo hecho de haber conseguido que el Gobierno de Teherán se sentara a la mesa, a discutir sobre el presente y el futuro de su proyecto, es un triunfo. A la comunidad internacional le conviene que se discutan amigablemente los términos del uso de la energía nuclear por parte de un país que, siendo potencia petrolera, ha suscitado toda sospecha por el hecho de emprender una alternativa de energía aparentemente innecesaria y que podría tener fines bélicos.

De otra parte, las conversaciones y el principio de acuerdo alejan por ahora la eventualidad de una temida acción militar de Israel, que significaría una escalada de alta peligrosidad en el Oriente Medio. Escalada que no le conviene a nadie en una región volátil y que no solamente llevaría a la terminación, de hecho, del programa nuclear, sino que afectaría a la industria petrolera misma y haría retroceder a Irán, por decir lo menos, varias décadas en su proceso general de desarrollo.

De alguna manera podría decirse que para llegar a este punto sirvieron las sanciones económicas y también, porqué no, las amenazas israelíes, que obligaron a Irán por lo menos a sentarse a la mesa. Medida de distensión que favorece a todos, porque permite establecer las verdaderas proporciones de las cosas. Como también permite buscar tranquilamente los procedimientos técnicos y políticos para asegurar que el programa nuclear iraní deje de constituir una amenaza para la paz en la región y para la existencia misma del Estado de Israel, que los iraníes por definición, y de manera testaruda y falta de realismo, insisten en negar.

La intervención de Francia, Gran Bretaña y los Estados Unidos en la discusión de asuntos esenciales para la vida del Medio Oriente no deja de recordar el sabor del colonialismo que en épocas pasadas se repartió la región o intervino en ella de manera tal que interfirió en el disfrute de sus recursos y marcó su destino, tal vez con el resultado de más desdichas que motivos de felicidad.

La reducción del enriquecimiento de uranio, el control de los depósitos de material tratable y del  equipo para manipularlo, así como la información permanente sobre la marcha del programa, constituirían aparentemente una garantía de tranquilidad para todos. Aunque  siempre habrá lugar para la sospecha, de todas las partes, porque las viejas y tradicionales prevenciones no desaparecen con el acuerdo de ahora, y no se sabe si con el definitivo.

El levantamiento temporal de las sanciones alivia la condición del país objeto de ellas  y le permite un respiro que puede utilizar para recuperarse de las dificultades propias del aislamiento en una época en la que apartarse, o ser apartado, de la corriente principal de la vida internacional, no resulta benéfico para nadie. Irán podrá recibir cuantiosos recursos hasta ahora congelados, provenientes de su producción petrolera. También podrá cubrir obligaciones pendientes en Occidente, como las de las becas de sostenimiento de estudiantes iraníes, asunto que tiene un alto impacto interno.

Y es aquí precisamente donde caben las sospechas. Porque seis meses de gracia se pueden convertir en una prebenda que a la postre sirve solamente para respirar y para escalar el problema, no solo sobreviviendo a las inclemencias de las sanciones, sino por ejemplo aprovechando la ocasión para acomodarse todavía más en Siria. La prensa de Londres informa de la realización de un proceso paralelo  de discusiones secretas que habrían marcado, como es de esperarse, el ritmo  de las públicas, y que  además conllevaría opciones distintas de manejo de otros problemas en la región.

Aferrado a su tradicional posición radical, tan radical como la de su contraparte, el Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu, considera que el arreglo, aún siendo provisional, es un error histórico. Tal vez porque le confiere a Teherán una gracia que no merece. Dentro de seis meses comenzaremos a saberlo.

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