Por: Cecilia Orozco Tascón

Provocando a la bestia herida

Una gran estupidez. Solo así puede calificarse la detención, en el palacio presidencial de Miraflores, en Caracas, del periodista Jorge Ramos y de sus seis compañeros de Univisión, la más influyente cadena de habla hispana en Estados Unidos. La orden de retenerlos y confiscarles sus equipos y grabaciones fue dada directamente por Nicolás Maduro quien, minutos antes del atropello, se había levantado de su silla mientras Ramos lo entrevistaba. A Maduro no le gustaron las preguntas que el popular presentador latinoamericano de noticias le estaba formulando. Y actuó con su acostumbrada megalomanía, interrumpiendo la conversación en mitad de la grabación para que quedara claro quién mandaba. Después los liberó, pero para ponerles en sus pasaportes el sello de “deportado”. Pero el dictadorcito venezolano, que exhibe en público sus dotes de bailarín de salsa mientras las fronteras de su país se incendian y sus compatriotas se matan entre sí, no es el único que termina, con violencia, las entrevistas que se salen del libreto impuesto por las conveniencias del poder. Otros mandatarios, desde Trump hasta Álvaro Uribe, que, hoy, se muestran ante el mundo como los abanderados de la democracia, han hecho gestos similares, intimidando reporteros, mandándolos a callar, expulsándolos de las residencias presidenciales (como ocurrió con el propio Ramos y otros, a los que Trump calló en la Casa Blanca); o del teatro de provincia en que se pavoneaba, por ejemplo, el jefe del presidente Duque, que humilló a un corresponsal de provincia cuando le exigió que apagara su cámara y se retirara porque no le gusta el medio para el que reportaba (Noticias Uno).

No hay defensa posible sobre el régimen madurista: en lugar de moderar su rumbo, extrema su conducta autoritaria y, con esta, su aislamiento de la realidad y su locura mental. Dicho lo anterior, es obligatorio completar la oración analítica para concluir que la estupidez también abunda en el lado opuesto. No me refiero al autoproclamado presidente interino de Venezuela, Juan Guaidó, quien más que un auténtico líder de Estado, parece un galán principiante de novela, con su juventud y su vestimenta desaliñada a cuestas, que simula un papel, pero a quien se le nota otro en que lo vapulean manos no tan invisibles. Me refiero, en cambio, a las “decisiones conjuntas” tomadas por una pretendida alianza internacional antimadurista compuesta por el patrón continental en su despacho oval, e instruida a los presidentes del sur de América.

Y si de estupideces hablamos, ningún ejemplo mejor que el del fin de semana en la frontera nortesantanderena. A nadie podía caberle en la cabeza que la hiperpublicitada “ayuda humanitaria” multinacional iba a traspasar, con 11 camiones cargados hasta el tope con “limosnas”, como las denominó Maduro, la línea divisoria entre las dos naciones sin que este hiciera algo por torpedearla. Duque, anfitrión; Guaidó, “jefe de Estado” visitante; la OEA, a través de Almagro y otros mandatarios llegaron a pavonearse antes de que los vehículos iniciaran su marcha, antes de penetrar el otro lado. Pasó lo que tenía que pasar: agitadores encapuchados en suelo colombiano que encaletaban piedras y armaban bombas molotov frente a agentes de la Policía Nacional, para lanzarles a los seguidores de Maduro. Y agentes de la base de la Guardia Nacional, a su vez armados con gases lacrimógenos y una que otra herramienta de fuego. De milagro no estamos hoy lamentando una catástrofe, esa sí, humanitaria.

Ahora, no me digan que nadie sabía que la fiera herida de Caracas no iba a reaccionar como lo hizo; no me digan que los guerreristas colombianos no calcularon que la mecha se iba a prender en el tramo cucuteño del paso fronterizo; no me digan que los encapuchados brotaron, intempestivamente, de la tierra sin que nadie lo supiera; no me digan que la ausencia, en ese operativo, de la Cruz Roja Internacional fue solo casual; no me digan que Estados Unidos no buscaba provocar al animal. No me digan que el gobierno Duque, a pesar de que suba en las encuestas, no está jugando el peor rol internacional de nuestra historia: el de la marioneta de la guerra fronteriza que se mueve al son que le toque el titiritero mayor.

Entre paréntesis. 1. Para que no nos quepa duda de para dónde vamos: el exdirector adjunto del FBI, Andrew McCabe, conocido por hablar de Trump descarnadamente, contó que el presidente alguna vez dijo que “Venezuela es un país con el que (Estados Unidos) debería entrar en guerra (por una razón): tiene petróleo y está justo en nuestra puerta trasera”. 2. Según varios reportes de prensa, Duque, en su reciente visita a Washington, soportó, en silencio, un ofensivo comentario de su anfitrión: “no me gusta lo que veo en nuestro patio trasero”; 3. De acuerdo con un revelador informe del corresponsal de El Espectador en la capital estadounidense, el vicepresidente Mike Pence, detrás de la escena oficial de la Cumbre de Lima que sesionó esta semana en Bogotá, sostuvo una reunión privada con Duque y Juan Guaidó. En esa cita, Pence habría “explorado tres cartas ‘con escenarios bélicos’ para que Maduro entienda que la del sábado (en la frontera) fue la última vez que (Maduro) cruzó la línea roja”. La invasión armada toca sus trompetas.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Cecilia Orozco Tascón

La ministra del referendo contra la justicia

Defensas con códigos mafiosos

Autoridades morales en periodismo

País conmocionado