Proyecciones y realidad del COVID-19

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El COVID-19 dio lugar a proyecciones apocalípticas. En una publicación del 14 de marzo, la facultad de epidemiología del Imperial College, de Inglaterra, reveló un estudio de investigación en el cual se predecía que una persona infectada con el virus estaba en capacidad de contaminar a otras tres.

En Colombia, distinguidos biólogos ratificaron el hallazgo y anunciaron que en un periodo corto el 65 % de la población estaría contaminada. Por su parte, el Instituto Nacional de Salud predecía que a estas alturas el país tendría cuatro millones de infectados. El Gobierno señalaba a viva voz que el alto número de contagiados haría colapsar el sector de la salud. Más aun, se afirmaba que estamos ante una epidemia intermitente que sube y baja, y nunca termina.

La información del coronavirus desde el 6 de marzo ofreció un amplio laboratorio para evaluar las predicciones. Para empezar, no estamos ante un virus con la agresividad suficiente para aumentar por encima de la tasa de crecimiento geométrico. Por el contrario, la tasa de contaminación bajó del 33 % al 4 % diario entre marzo 6 y abril 27. Los hechos confirmaron que el virus sigue la curva epidemiológica que se descubrió hace mucho tiempo y se cumple en las epidemias observadas en el último siglo. Estamos ante un flagelo que aumenta en un principio y luego decae progresivamente hasta desaparecer o estabilizarse en un bajo crecimiento. Tampoco se cumplió que a estas alturas la contaminación alcanzara a cuatro millones de personas y amenazara la capacidad hospitalaria, cuando las camas ascienden a 40.000 y los pacientes en cuidados intensivos llegan a cien. Tampoco es cierto que el virus tenga un comportamiento interactivo de caídas y recuperaciones.

Las predicciones que no se cumplieron generaron un estado de pánico y desprotección que precipitó a los gobiernos a adoptar decisiones improvisadas. La más drástica fue la cuarentena. Ante la evolución lenta del proceso, el presidente decretó el estado de emergencia para mantener a la población en sus residencias y así pandear la curva epidemiológica. Como se señaló en esta columna, la medida no era sostenible en un país con la distribución del ingreso de Colombia. Ante los efectos iniciales sobre el índice del consumo de energía, ahorro e inversión, el empleo y la balanza de pagos, el Gobierno procedió a suspender la medida. Lo que se avanzó inicialmente para pandear la curva se perderá en los próximos días, pero el efecto neto será marginal.

Las cosas van mucho mejor en el mundo real. La tasa de crecimiento de personas contagiadas es del 4 % anual. Si se considera que el indicador no tiene en cuenta los pacientes recuperados ni el atraso por la diferencia entre la adquisición y manifestación del virus, estaríamos cerca del 2 %, en que el aumento de contagiados es inferior al del día anterior.

En este punto surge de nuevo una gran controversia sobre las proyecciones de la enfermedad. Un grupo importante de epidemiólogos sostiene que el virus no se reduce hasta que haya un gran número de contagiados que generen la inmunidad para contrarrestar el contagio del virus. El comportamiento no se presenta en otros procesos de la naturaleza regidos por la misma relación matemática y es controvertido abiertamente por la ley de probabilidades, que establece que el aumento de contaminados reduce la probabilidad de contagios. De nuevo, las soluciones se orientan a enfrentar proyecciones que no se cumplen.

En este contexto, lo más probable es que la tasa de contaminación continúe bajando lentamente y se estabilice en un número de infectados menor de doce mil. Así las cosas, el país podrá recuperar sus actividades normales con precauciones, y tendrá que convivir con un virus que ya superó el estado más crítico y tiende a disminuir de forma progresiva. El drama será reactivar una economía agobiada por la caída de los precios del petróleo, la reducción de la inversión y el empleo, y la ampliación de las desigualdades.

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