Por: Julián López de Mesa Samudio
Atalaya

Publica y muere

“Publish or perish" ("publica o muere”) es el eslogan, la letanía y el sino trágico de los profesores universitarios.

De unos años para acá, ésta se ha convertido en la única motivación de los docentes y en la obsesión de las universidades colombianas. A partir de las imposiciones de la OCDE, torpe e irreflexivamente adoptadas por el Ministerio de Educación, ya no se trata ni de enseñar, ni de aprender, ni de mejorar a la sociedad o al individuo; no se trata tampoco de aportar al repositorio de conocimiento universal y me atrevo a pensar que tampoco se trata de investigar (aunque se use como excusa). Se trata solamente de publicar mucho y de puntuar en ránquines.

La relevancia o el fondo son lo de menos. Los profesores, presionados y utilizados como combustible humano por sus facultades, tan solo son medidos por el número de publicaciones registradas en los índices de citación a los que sus instituciones quieren acceder. Todo lo anterior para arañar como sea punticos aquí y allá para los reinados académicos que son los ránquines internacionales que hoy parecen ser la única razón que tienen las universidades para existir (reinados que, al igual que ocurre con los de belleza o con cualesquiera otros, premian más la forma que el fondo).

Se ha llegado a absurdos como exigirles, so pena de despido, tres y hasta cuatro publicaciones indexadas por año a los profesores y por eso se publica lo que sea para que lo lean dos o tres y para que luego se archive y caiga en el olvido. Pero eso no es todo: algunas universidades han descubierto que publicar en inglés da un par de punticos de más, por lo que algunas tienen la política de contratar sólo a extranjeros para aprovechar el bilingüismo y las “redes académicas” (léase, “yo te publico, tú me publicas”) que dichos profesores traen; que sean buenos o malos profesores es lo de menos mientras alimenten el ranquin.

Ni qué decir tiene el engaño al que someten a sus estudiantes, quienes financian con unas matrículas cada semestre más desbordadas a un sistema que no los tiene en cuenta, pordebajea sus capacidades y su intelecto y, sobre todo, no es honesto: el costo en educación superior se ha vuelto tan alto que el retorno de la inversión, en trabajos dignos y bien pagos, no es el que los inversores, padres y estudiantes, esperan.

Una generación completa de directivos, funcionarios y políticos profundamente obnubilados por el modelo estadounidense de educación (ese mismo que hoy se reconoce en una profunda crisis) y tomando como paradigma el ejemplo de la Universidad de Los Andes (la más “americana” de las universidades colombianas), se ha encargado de desdibujar el propósito y el fin de la educación para transformarlo en una aberración que día a día aísla más y más a la academia de la realidad. ¿Podremos escuchar de ellos nuevas reflexiones, menos ceñidas a los guiones miopes del Ministerio de Educación y de Colciencias, y más críticas con el actual modelo?

Escribo esta columna desde la Universidad de Salamanca, donde me hallo dictando un curso sobre Colombia que, entre otros temas, toca el de la educación en nuestro país. ¿Cómo decirles a estudiantes de todo el mundo, deseosos de saber sobre Colombia, que en más de 200 años aún no somos capaces de pensar por nosotros mismos? Ninguno entiende que hemos llegado al absurdo de contratar a extranjeros para que nos expliquen quiénes somos nosotros mismos.

@Los_Atalayas, [email protected]

 

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