Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Pueblo, provincia y resentimiento

Continúa el debate en torno a la permanencia en el poder de un notablato bogotano. William Ospina inició la polémica afirmando que prefería el uribismo, pues el santismo (“vieja élite bogotana”) es el responsable de “todas las cosas malas que han pasado en Colombia en los últimos cien años”.

Entre distintas respuestas, la de Mauricio Pombo señala que no hay oligarquía bogotana: “basta revisar la lista de presidentes desde Rafael Reyes para constatar que la inmensa mayoría de ellos no fueron bogotanos”.

Negar la existencia del mentado notablato capitalino porque hay muchos presidentes de otra parte es impreciso. Entre otras cosas, porque el fenómeno no se agota en el lugar de nacimiento. De hecho Turbay Ayala, uno de sus máximos opositores, nació en Bogotá. Bogotano mas no notable, deploró a las familias que se sucedían en el poder con un capital simbólico específico —en aquel entonces urbano, asiduo a clubes sociales, versado en derecho y gramática—. El nacimiento y triunfo del turbayismo, durante los setenta y ochenta, contradice también las afirmaciones de Ospina. Quizá buscando despertar fascinación con la idea de una historia cíclica (cien años de …) que le ha valido réditos en el pasado, Ospina olvidó mencionar al precursor de uno de los discursos más exitosos contra la vieja élite bogotana.

El discurso turbayista divulgado en la revista Consigna repite tres ideas. La primera es de cercanía con el pueblo. Turbay se presentó como un sencillo concejal de Engativá: “Un candidato que no meció su infancia en cunas doradas, ni paseó su juventud por las viejas casonas de la burguesía santafereña, que no cuenta con el respaldo de los notables ni de la gran prensa, sino que ha surgido de esa activa clase media”. La segunda es de reivindicación de las regiones, pues decía encarnar “la nueva fuerza de la provincia colombiana”. La tercera es de desprecio a la “decadente aristocracia de La Candelaria”, los Santos, Lleras, López, que protagonizaban “camorras burocráticas entre reyezuelos”. En particular Turbay atacó a los ricos bogotanos que hacían política de izquierda —a López Michelsen lo bautizó como “oligarca en comisión dentro de la revolución”—.

El discurso uribista es casi calcado. Zuluaga se presenta como un sencillo concejal de Pensilvania, cercanísimo al pueblo. “Un provinciano como yo… no he hecho sino andar por los parajes de Colombia”, recita Uribe. Ambos desconfían de la burguesía bogotana “amiga del poder y del dinero, perezosa y contemplativa” y odian a la “socialbacanería centralista indolente frente al asesinato de soldados” (“socialistas de editoriales y salones”).

Estos resentimientos son por supuesto legítimos, palpables, entendibles pero a la vez altamente personalistas. Combaten otras iniciativas populares y toman frecuentemente la forma de venganzas personales. Aluden a la inclusión, pero la rechazan en la práctica. Muchas cosas han cambiado desde Turbay, las relaciones entre ambas tendencias se volvieron fluidas y el discurso de “pueblo, provincia y resentimiento” perdió fuerza dentro del liberalismo, hasta ser reactivado gradualmente por Uribe Vélez. Sin embargo, los vínculos entre ambos discursos son claros (Turbay mismo fue un entusiasta uribista hasta su muerte). De cualquier manera, una coalición reaccionaria, con un discurso de inclusión desde el resentimiento hacia el notablato rolo “indolente” y “traidor” ya gobernó también al país. Y recordamos cómo lo hizo.

 

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