Por: Nicolás Rodríguez

Pueblo, vulgo y plebe

DURANTE MUCHO TIEMPO EL BOGOtazo fue un tema de bárbaros.

Los principales diarios no tardaron en manifestarse abiertamente preocupados por lo que parecía ser obra del mismísimo comunismo. La culpa de tantos desmanes de ninguna manera podía habitar en el territorio nacional. Qué pensarían los de la Novena Conferencia Panamericana.

En los años que le siguieron al 9 de abril fueron comunes las referencias a la necesidad de mantener a raya el salvajismo que supuestamente anidaba en el pueblo colombiano. Aunque nunca se hizo el balance que produjo esa política civilizatoria, a juzgar por la enorme cantidad de personas que salió a marchar el jueves con diferentes banderas es apenas claro que ha quedado atrás el deseo de patologizar lo que fue el bogotazo.

Aun así, se oyeron destempladas declaraciones radiales en las que la queja se debía justamente a lo abierto de la convocatoria. Cómo así que tanto gozque reivindicando cosas el 9 de abril —fue el mensaje— si es que esta era una fecha para llamar la atención frente al insolente ataque contra los lugares sagrados de la patria.

Por esa misma vía hay quienes se dicen preocupados con que las víctimas, que en efecto se apropiaron de la jornada (también así se llamó el órgano publicitario de Jorge Eliécer Gaitán) quieran hacer política. Como si no fuera esa, justamente, una de las posibles formas de dejar atrás la victimización. El 9 de abril es de hecho una fecha simbólica que apela al ciudadano, antes que a la víctima.

Tanto tiempo después y todavía resuenan con actualidad voces como la del médico Roberto Restrepo, en uno de los muchos testimonios que se conocen de la época: “Es necesario regenerar al pueblo. Y antes que todo, hacer una distinción de alcance sociológico: distinguir entre pueblo, vulgo y plebe. Al pueblo habrá de respetarse; hay que levantar el nivel del vulgo, y hay que reprimir a la plebe”.

 

 

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