Por: Thomas L. Friedman

¿Puedo marcarle a un amigo?

El debate de la semana pasada fue importante no sólo porque Mitt Romney "ganó" y, con ello, energizó su moribunda campaña.

Fue importante porque Romney ganó en una forma que expuso y profundizó las dos mayores vulnerabilidades del presidente Barack Obama en estas elecciones, mientras que Romney superó, al menos por una noche, sus mayores debilidades.

Quizá debimos haber previsto que sería así. Durante semanas, Romney se había desempeñado tan mal y se había rezagado tanto en los estados indecisos que si esta campaña hubiese sido de contiendas sencillas tipo Copa Ryder, se podría haber dicho que el presidente sintió que tenía el juego en el bolsillo, con apenas unos hoyos más qué jugar. Así es que hizo lo peor que se puede hacer en un juego de golf por hoyos: empezó a jugar para no perder. Continuó con una campaña poco inspirada, vaga y cautelosa, y sólo esperó a que Romney siguiera tirando pelotas fuera de los límites. Romney, con la espalda contra la pared, no tenía opción más que comenzar a jugar agresivamente.

Lo hizo reposicionándose como un republicano moderado, de centro derecha. Sí, ello requirió que deformara y disimulara aspectos claves de su plataforma sobre impuestos y atención de la salud. Sin embargo, debido a que Obama no se abalanzó sobre ese cambio repentino de Romney, éste los presentó sin que se los rebatieran y, como dije, anotó directamente un golpe contra dos de las mayores vulnerabilidades de Obama.

La primera, y la amenaza más peligrosa para la reelección, es una masa crítica de electores que dicen: “Barack Obama, un hombre amable, buen padre, increíble que por fin eligiéramos a un afroestadounidense. Se esforzó. Sin embargo, ¿saben qué? Sólo quiero probar algo nuevo, aunque no sepa si va a funcionar”.

Ese sentimiento es mortal para Obama. Mientras Romney no pareció una alternativa creíble, Obama lo mantuvo a raya, aun cuando se haya estancado la economía. Sin embargo, Romney hizo renacer esa disposición con la forma segura y escueta con la que habló sobre la mecánica de la creación de empleos —mediante empresas emergentes, pequeños negocios y emprendedores— y el poder catalítico de los mercados.

Su presentación crepitó con una frescura y un sentido de la posibilidad que estuvieron totalmente ausentes en la discusión monótona sobre la atención de la salud, los déficits y los programas gubernamentales de Obama. Y donde Obama tuvo una oportunidad de hablar sobre cómo su iniciativa de empleos verdes realmente impulsó todo tipo de innovaciones y empresas emergentes, quedó ponchado. (Como han notado algunos, qué mal que las reglas del debate no permitieron que le llamara por teléfono algún amigo).

Confieso que pasar tiempo con inventores, emprendedores sociales y gente que inicia empresas realmente hace flotar mi barco —y no soy el único—. Si ha habido una debilidad constante en este mensaje público del presidente, es que a menudo carece de cualquier emoción sobre la innovación y el emprendimiento, los verdaderos impulsores de nuestra economía. En años recientes, todos los nuevos empleos netos en Estados Unidos han provenido de las empresas emergentes.

Obama lo sabe y, en su discurso en la convención, al menos habló realmente sobre ello con elocuencia al decir: “Honramos a los luchadores, a los soñadores, a quienes se arriesgan, a los emprendedores que siempre han sido la fuerza motriz detrás de nuestro sistema de libre empresa”.

¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!, señor presidente. Y, en el próximo debate, vea directo a la cámara y díganos lo que va a hacer en su segundo mandato para multiplicar por 10 la cantidad de esos temerarios. Deles a estas personas que dicen: “Un tipo amable, pero sólo quiero probar algo nuevo”, una razón real para emocionarse porque usted no sólo quiere cumplir con el seguro médico nacional, sino también con una economía innovadora que nos asegure que podamos costearlo.

Su argumento de cierre fue terrible: si me reeligen, “lucharé cada día en nombre del pueblo estadounidense y la clase media”. ¡Eso es un hecho! ¿En qué gran viaje inspirador va usted a llevar a todo el país para inventar el futuro y suscitar más buenos empleos?

La otra debilidad de Obama que explotó Romney fue la parálisis política del país. Obama tiene razón: los republicanos organizaron la mayor parte del atasco para hacerlo fracasar. Sin embargo, el hecho es que muchos estadounidenses hoy ven a nuestros políticos y sienten que somos los hijos de padres que se están divorciando permanentemente —y ya están hartos—. Hay un anhelo de ver a nuestros políticos trabajando juntos otra vez. Así es que cuando Romney habló de cómo se reunía con demócratas una vez por semana como gobernador de Massachusetts para hacer las cosas, de seguro que eso tocó una fibra esperanzadora en algunos electores. Obama necesita enfatizar que él, desde su lado, aspira a restablecer el bipartidismo y tiene un plan para superar la parálisis y unificar el país en el segundo mandato.

La debilidad que Romney superó fue la noción de que no le importaba hablarle a 47 por ciento del país, ni sabía cómo hacerlo. Fue la primera vez en la que Romney se dirigió a todo el país directamente en lugar de a un público exclusivamente republicano. No tuvo que preocuparse por los golpes bajos contra los que competía en las primarias del Partido Republicano, y no estaba obligado a atender sólo a la base del Tea Party. Así es que, finalmente, sacó el pizarrón mágico y se hizo hacia el centro.

¿Realmente nos gobernaría así? No confiaría en ello —no con todas esas matemáticas vudús—, pero fue una forma de enviar el mensaje muchísimo más efectiva que la del Romney de antaño. Este nuevo Romney sonó como un hombre que solicita el puesto de director ejecutivo de un país que necesita un cambio de rumbo. Obama sonó como un hombre a quien totalmente se le olvidó —o resintió— que necesitaba volver a presentar una solicitud para su empleo.

THOMAS L. FRIEDMAN * Columnista de ‘The New York Times’, quien ganó su tercer Premio Pulitzer en 2002. 2012 New York Times News Service. /

 

Buscar columnista