Sombrero de mago

Puñaladas de la pandemia

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Al ya grave problema de la pandemia, se suman en el mundo los perversos mecanismos de la discriminación. No son solo los virus, bacilos, bacterias, miasmas, gérmenes y demás provocadores de morbilidad, sino las miradas torvas sobre grupos sociales, los individuos, los desamparados, los que han sido víctimas de destierro o desplazamiento, las que se juntan en una situación de emergencia global como la que hoy padecemos. A las recesiones de la economía, se adhiere la de una infinitud de consecuencias graves, como el desempleo, y, a su vez, los oportunismos del poder para denegar derechos e imponer soluciones de fuerza y despojo.

Se ha notado como el poder (con sus diversas indumentarias) ha aprovechado la propagación mundial del covid-19 para aplicar determinadas “recetas” discriminatorias. Con una larga historia de segregaciones y maltratos, que se pueden remontar a épocas inmemoriales, la nueva peste ha sido coyuntura propicia para señalamientos y estigmas. Y, de pronto, la visión de la ciencia pasa a segundo o tercer plano, para dejar en evidencia nuevas maneras de la exclusión.

Para no ir muy atrás, a entidades como el Fondo Monetario Internacional le preocupa que la esperanza de vida se haya prolongado (una situación plausible, vista desde la perspectiva del humanismo), pues tal condición acarrea “costos financieros” para los gobiernos por los importes de jubilación y seguridad social. Así que podría ser mejor que los viejos, por ejemplo, no llegaran a ser tan viejos. La economía entonces es más pragmática. Insensible. Nada de respetar antiguas conquistas sociales. Hay que demolerlas. Y en tiempos de apestados la “ocasión hace al ladrón”.

Así que a los viejitos del mundo no es tanto por la debilidad del sistema inmunológico que nos resguardan y “consienten”, sino porque, además, nos erigimos en estorbo para la acumulación de riquezas de fondos pensionales privados (y aun de los públicos) y, tal vez, como sucede en una novela de Bioy Casares, llegará el momento en que nos atraviesen a cuchilladas (nada metafórico) como a cerdos.

El apestado, más que un enfermo, ha sido alguien al que hay que separar, distanciar. Y si, como sucedió en tiempos medievales, es un leproso, peor. O, cómo no, si es un negro, ni hablar. ¡Ah!, y si se trata de un infeliz árabe (no un jeque ni un dueño de pozos petroleros), nada que ver con él. O qué tal si es un desheredado, un indígena (que en Colombia los funcionarios insultan, agreden, desprecian cuando no es que los señalan de subversivos, comunistas, guerrilleros…), un desplazado que viene a estorbar a la ciudad, un vendedor ambulante al que se puede golpear y perseguir o, como a un viejo de Bogotá, ultrajar y golpear por parte de la policía.

En estas jornadas en que el rey es el coronavirus, los médicos y el resto de personal sanitario han sido ultrajados aquí y allá. Se les han limitado sus derechos de entrar al edificio que habitan, de comprar en un mercado, de ir en transporte público. Se han impuesto vigilancias autoritarias, implementado dispositivos (cuando no persecuciones y otros atropellos) para controlar brotes de indisposición social. Y el oportunismo oficial, como el caso de Colombia, ha llevado a arbitrarias propuestas de mandamases a diferir las primas y cesantías de los trabajadores.

La pandemia ha facilitado el afilamiento de los puñales que sirven para sacrificar a los corderos y los bueyes. El Estado, más aquí que allá, se ha escurrido de responsabilidades que tiene, en casos de una emergencia colosal como la presente, de subsidiar a los sectores más débiles. Y hay que recordar que en estos casos los sacrificados con facilidad son los que doblan la cerviz. No se controla tan fácil a águilas, leones y “los toros de arrogancia”, que decía Miguel Hernández.

La pandemia también ha mostrado que los más vulnerables ante la enfermedad, el contagio y los confinamientos infernales (con escasez, trapos rojos que son la bandera del hambre, precariedades mil), son los que menos acceso tienen a la salubridad pública, cada vez más marchitada por los procesos de privatización y exclusión propios del neoliberalismo. Las enormes diferencias sociales se han notado aún más con la presencia ubicua del coronavirus.

Y esta situación orbital ha despertado los demonios de antiguas discriminaciones, arrejuntadas con otras de ahora, que se manifiestan en gerontofobias (como las que aparecen en La naranja mecánica, de Anthony Burgess), la aporofobia (el odio a los pobres) y, en general, a otros que están en el camino y que pueden ser portadores de enfermedad. Y ahí vamos, entre los muertos, los contagiados, los aterrorizados, en el despelote y el desconcierto, en medio de los gritos de un planeta agredido, y de las cada vez más anchas y hondas diferencias sociales.

A la pandemia se suman, entonces, otras enfermedades, originadas en un mal reparto del mundo y en una larga historia de inequidades e injusticias.

 

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