Por: Alvaro Forero Tascón

Punto de quiebre

FINALMENTE LLEGÓ A UN PUNTO de quiebre la situación institucional y política por la que atraviesa Colombia. La institucional, con la lucha de la Corte Suprema de Justicia por salvaguardar la maltrecha legitimidad de la democracia, frente al comportamiento “laxo” del Presidente y el Congreso en esa materia.

La situación política, con el esfuerzo de César Gaviria para aglutinar una fuerza política capaz de detener la consolidación de una hegemonía populista del Presidente. La Corte y Gaviria son los últimos diques que atajan el desbordamiento del poder de Álvaro Uribe. No está claro si lograrán detenerlo.

Uribe respondió a ambas situaciones con otro golpe de opinión. Hace unas semanas me preguntaba en estas páginas “¿Cuándo volteará el Presidente las crisis parapolítica y yidispolítica en favor de la reelección, con otro golpe de opinión?”.

El golpe de un referendo tan bonapartista como inaplicable, equivale en lo político a disfrazar la segunda reelección de acto de defensa legítima, y en lo institucional, más que a un desacato político, a un autogolpe populista, que seguramente consumará frenando las consecuencias jurídicas de la sentencia de cohecho, mediante su ascendencia sobre la Corte Constitucional y la Fiscalía.

Ésa pudo ser una salida coyuntural habilidosa al acorralamiento político e institucional en que estaba, pero complica la estrategia reelectoral del Presidente. La condena de la Corte Suprema modifica el escenario político, porque aunque provee la excusa perfecta para un referendo, desplaza el meollo electoral del lado fuerte de Uribe hacia su lado vulnerable. Convierte la reelección en un referendo sobre la democracia, y no sobre la seguridad, que es en el único tema en que Uribe tiene argumentos para perpetuarse. Es decir, obliga a Uribe a jugar el juego de Gaviria, de respetar o no la democracia, abandonando el propio, de mantener o no la seguridad.

Uribe tendría ahora que convencer a los colombianos de reelegir, no tanto la seguridad democrática, como su legitimidad poco democrática. Desarticulada la fórmula mágica electoral, Uribe se verá obligado a construir un nuevo discurso político. Podría intentarlo volteando a su favor la preocupación creciente sobre el agrietamiento de la democracia y las instituciones, jugándosela con una reforma política de fondo.

Una reforma que en condiciones normales nunca habría aceptado, pero que ante las circunstancias, podría permitirle pasar de verdugo de la democracia, a salvador. Una reforma que enfrente al clientelismo y a la criminalidad política, y que establezca contrapesos al poder presidencial. Que mezcle en un mismo referendo reelección indefinida, con freno a los vicios más visibles de la democracia, haciéndolo imparable.

Uribe tiene el sustento popular para poder prescindir del apoyo de los sectores más degradados del clientelismo, y las agallas para entregarlos a los leones, como hizo con los jefes paramilitares. Con ello pondría a la oposición en la encrucijada de que si se opone a la reforma, queda del lado de la politiquería, y si la acompaña, termina certificando la idoneidad democrática de Uribe.

* Analista político, investigador en opinión pública.

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