Por: Cecilia Orozco Tascón

¿Pura imagen o realidad?

ES INNEGABLE QUE LA IMAGEN DEL Presidente de la República sentado al lado de los setenta y pico de magistrados de las altas cortes, a quienes invitó a Palacio a las 8 de la mañana de su primer día de gobierno, impactó a muchos y, con certeza, a Álvaro Uribe, quien se enteró —cómo no— de cada detalle de la reunión.

 Esa fotografía, que podría ser un recuerdo visual común y corriente del saludo formal de la rama de la Justicia al nuevo Jefe de Estado en cualquier país, en Colombia fue un suceso político de considerable significación por los agitados hechos que la precedían. Seguramente, Juan Manuel Santos calculó que si daba inicio a su administración con semejante acto —imposible de realizar hasta una hora antes de su posesión—, marcaría el inicio de su era.

El mensaje posterior del ministro del Interior, Germán Vargas Lleras, no podía ser más elocuente. “Nunca más escucharán a ningún funcionario controvertir decisiones judiciales más allá de las instancias procesales a las que haya lugar. Nunca se va a repetir lo que ha acontecido en estos meses”. No eran necesarias más palabras. La expresión “nunca más” aludía a que la época de los insultos que hasta el último minuto lanzó Uribe contra los jueces quedaba superada. El magistrado Yesid Ramírez, vilipendiado por el ex mandatario y por parte de la prensa que jamás revisó el valor jurídico de sus sentencias, pero sí creyó ciegamente los informes inventados por el DAS, debió recibir un aire fresco en esa reunión. Lo mismo tuvo que sentir otro perseguido ex presidente de la Corte Suprema, César Julio Valencia, cuando el ministro Vargas, dirigiéndose a ellos dos al comienzo del encuentro con el presidente Santos, les dijo con voz fuerte para que se escuchara en el salón: “¡Qué bueno que ustedes estén aquí (en la Casa de Nariño) otra vez!”

Pero no toda la Corte estaba feliz. Aunque a primera vista parezca extraño, la ausencia de Álvaro Uribe permitirá que se corra el velo. Cuando eso ocurra, se sabrá la magnitud del daño que lograron hacer los funcionarios del Ejecutivo anterior en el alto tribunal. El más corrosivo de sus triunfos, la división de los integrantes de la Sala Plena. El método fue perverso: mientras la Corte era atacada en público como un solo cuerpo, en privado el ex ministro Valencia Cossio, Bernardo Moreno y otros se empeñaban, con éxito, en sonsacar magistrados y en conquistarlos para que sirvieran a los intereses del príncipe, en detrimento de la independencia de la justicia. Para desilusión de quienes han criticado sin piedad al alto tribunal, endilgándole culpas a quienes actuaron con base en sus principios, los magistrados ‘lentejos’, calculadores, ambiciosos y traidores de su causa, van a resultar siendo los otros. Ya saldrán a relucir.

 Por lo pronto, el presidente Santos ha logrado, además de la reunión con la Corte, dar otros golpes de opinión: la visita del presidente Chávez —el segundo imposible de la administración pasada— a Santa Marta, la bienvenida que se le prodigó, con honores militares y el resto del protocolo reservado para los personajes ilustres; y la cita con la dirección ejecutiva del Polo Democrático —el tercer imposible—, o sea, con la oposición.

 Siempre se oyó comentar que Juan Manuel Santos sería radicalmente diferente a Álvaro Uribe. Pero nadie se imaginó que el cambio fuera tan rápido, vistoso y estratégico: relación con las cortes, con Chávez y con la oposición. Nada mal para tres días de trabajo. El nuevo Jefe de Estado ha conseguido distanciarse en la forma. Esperemos a conocer el fondo para saber si tanta belleza es real.

 

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