Por: Andrés Hoyos

Puro cuento

Dos razones particulares hay para alegrarse por el Nobel de Literatura de este año: 1) fue para el Canadá angloparlante, siempre opacado por la arrogancia gringa, y 2) fue para el género del cuento, esa música de cámara de la literatura que comparte ex aequo el galardón dado a una autora conocida tan sólo por sus cuentos.

Debo aclarar que he leído poco a Alice Munro, pese a que sobre mi mesa de lectura tenía varios de sus libros, los cuales ahora podré abordar con calma. En materia del Nobel de Literatura, el orden de los factores a veces funciona así: se lo dan a alguien y uno lo lee después. Me pasó con Wislawa Szymborska y viviré eternamente agradecido con los académicos suecos por habérmela presentado.

Aunque el Canadá angloparlante ha sido de tiempo atrás una provincia un pelín marginal del idioma inglés, los cuentos de Alice Munro de todos modos pertenecen a una literatura en la que el género está más que vivo desde los tiempos en que Édgar Allan Poe deslumbró al mundo con sus sofisticados relatos de alta y perversa relojería literaria. La primera razón para la vitalidad del cuento en inglés es obvia: ha habido y hay en ese idioma grandes cuentistas que se leen, se critican, se animan, se educan y se maltratan los unos a otros. Sin embargo, detrás de ellos existe algo igual de importante: un microclima fértil. Alice Munro empezó a publicar en Canadá, pero su carrera sería impensable sin The New Yorker, la revista decana de una pléyade de publicaciones que aprecia, edita y remunera a los cuentistas. The New Yorker lleva casi noventa años publicando al menos un cuento por edición, es decir, uno por semana (hoy sale 47 veces al año, pero saca un “Fiction Issue” que incluye varios). También publican cuentos The Atlantic Monthly, The Paris Review, Harper’s, Granta y el etcétera es largo y prestigioso.

En marcado y deprimente contraste con la vitalidad del género en inglés, el cuento en español es una especie amenazada. Resulta muy difícil encontrar buenos cuentos y aún más difícil encontrar buenos cuentistas en nuestro idioma. Claro, pedirle calidad a un cuentista que publica una vez cada dos años es como pedirle destreza a un tenista que nunca juega. A semejanza de otras especies amenazadas, el cuento en español sufre por la pérdida de su hábitat. En efecto, con el declive de las revistas literarias y la desaparición de los suplementos culturales de los periódicos o su exagerado sesgo hacia la brevedad, un cuento de peso no tiene dónde encontrar lectores, mientras que en el medio editorial es casi un cliché decir que los libros de cuentos no se venden, lo que se traduce en tiradas muy bajas que salen como por no dejar.

Yo diría incluso que el aspirante típico a autor de ficción en español no entiende muy bien qué es un cuento. Cuando no pone al protagonista a hacer gárgaras mentales sin que le pase nada, lo lanza de lleno a la violencia, al conflicto social crudo o al sexo desenfrenado, como si estos tres elementos fueran de rigor. Sobra decir que un cuento debe basarse en historias intrincadas, inquietantes y precisas, pero exige más: elegancia y sorpresa en la arquitectura, interés e inevitabilidad en la secuencia de los espacios narrativos, ambición formal, así sea todavía mejor que esta última no se note.

Por todo lo anterior, lo más probable es que muchos émulos potenciales de Alice Munro en español terminen vendiendo arepas o escribiendo columnas de periódico. Triste desenlace.

 

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