Por: Arlene B. Tickner

Putin, el invencible

La victoria de Vladimir Putin en las presidenciales estaba tan cantada, que los otros siete candidatos cumplían un papel casi decorativo. Si bien se puede argüir que en un “autoritarismo competitivo” o una “democracia administrada” como la rusa, la concentración del poder, la debilidad de las instituciones, la corrupción y el control electoral y mediático hacen poco transparente y libre cualquier elección, el hecho de haber ganado con el 75 % del voto y un 60 % de participación de la población resalta una popularidad estable y sin precedentes que se traduce en un mandato indiscutible para que Putin pueda seguir en el poder al menos hasta 2024.

Según datos del Centro Levada, una ONG rusa dedicada al análisis de la opinión pública, las tasas de favorabilidad de Putin desde que asumió el poder en 2000 -luego de la renuncia de Boris Yeltsin- nunca han estado por debajo del 60 % y desde 2014 han oscilado alrededor del 80 %, pese a que la aprobación del gobierno y la opinión sobre la dirección del país han sido sustancialmente inferiores. También, a diferencia de los noventa, cuando Rusia se consideraba un país en declive tanto dentro como fuera, la gran mayoría de los rusos la creen hoy una gran potencia por primera vez desde la disolución de la URRS.

Pese a la evaporación de la democracia, la eliminación de las libertades civiles, el nepotismo y los retrocesos significativos en salud, educación y calidad de vida, la recuperación de la grandeza rusa en la escena internacional y la representación de Putin como líder fuerte y único para defender la Madre Patria, han sido elementos centrales de su éxito. En temas de política exterior, incluyendo la injerencia en la guerra civil en Ucrania, la anexión de Crimea -descrita por el Kremlin como “reunificación”-, la intervención militar en Siria y hasta la intrusión en las elecciones estadounidenses y algunas europeas (incluyendo las de Brexit), los actos transgresores de Rusia han suscitado simpatía nacional. Y en contraposición de lo esperado, las críticas y las sanciones económicas impuestas por Occidente -con el que existe una relación histórica de “amor y odio”- en lugar de forzar cambios en la conducta de Putin y de generar animadversión entre la opinión pública, han tenido el efecto de unirla aún más en torno a su líder, quien vende hábilmente todo castigo internacional como conspiración antirrusa.

Dado lo anterior, la flexibilización del músculo militar (y cibernético) ante el mundo se ha tornado en el instrumento preferido de Putin para recuperar el terreno político y geoestratégico perdido después el colapso de la URRS, ganar el respeto (o suscitar el miedo) de Occidente y preservar sus altos índices de popularidad. A tan sólo días de las elecciones presidenciales, el intento de asesinato al ex espía ruso y su hija en Inglaterra -al que solo faltaba la firma para conocer su autor- y la advertencia de contar con una nueva generación de misiles que harán invencible a Rusia, dieron un pequeño adelanto de lo que se puede esperar del cuarto período de Putin. Acciones agresivas y transgresoras que suscitan muchas críticas por parte de Occidente, pero pocos castigos efectivos, y que parecen confirmar la rentabilidad de un ejercicio “audaz” del poder.

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