Por: Eduardo Barajas Sandoval

Que alguien escuche a Guterres

Para el mundo no es nada bueno que la de Antonio Guterres sea por allá una vocecita asfixiada por la gritería de jefes de tribu que proclaman sus intereses y buscan hacerlos valer sin someterse a ningún orden. Peor aún es que no exista ninguna institución capaz de defender a miles de mujeres y niños víctimas de la guerra, y mucho menos de silenciar fusiles y hacer justicia.

A principios del mes de febrero, Guterres, Secretario General de Naciones Unidas, dijo que “un viento de locura parece barrer el globo entero”. Enseguida advertía que cada situación es diferente pero que hay un sentimiento de inestabilidad creciente que hace todas las situaciones cada vez más impredecibles y más incontrolables, y sometidas a los riesgos de esas faltas de cálculo que en tantos casos han llevado a problemas mayores. 

Cada semana el Secretario General, visto por muchos como figura decorativa en encuentros de jefes de estado a los que concurren los pretendientes a jefes del mundo, dice algo que suena como arenga inocua a los oídos de una casta de gobernantes de potencias, tradicionales o emergentes, que dan por descontada la impotencia y la inutilidad de una organización que se quedó en el Siglo XX.

Lo anterior no significa que esos mismos jefes de Estado, que ignoran olímpicamente a las Naciones Unidas, se abstengan de sumarse a los de “naciones menores” que desfilan por la tribuna de la Asamblea General para hablar con la mirada puesta en sus mercados políticos internos, mientras echan a rodar discursos predecibles, llenos de propuestas impracticables sobre el destino del mundo.

La apelación al derecho internacional, y a sus principios y prácticas, abunda también en muchos otros escenarios como elemento retórico indispensable pero inocuo. No es raro que alguien invoque determinado principio y se proclame campeón de su defensa, pero a la hora de la verdad no sea consecuente, pues deja ver que lo utiliza para justificar lo que le parezca y sobre todo lo que le convenga.

El sueño original, y la autoridad de las Naciones Unidas, se han ido desvaneciendo. También se ha vuelto nebulosa la idea de fortalecerlas y sobre todo de adecuarlas a los requerimientos de un mundo desordenado que marcha sin freno hacia la anarquía. Cada quién juega en el tablero que quiere y avanza todo lo que puede para tener “acciones” en competencias y aventuras que van desde ofensivas comerciales hasta movimientos de alto interés estratégico. 

No es que se reclame el retorno a la exclusividad de las potencias tradicionales en el adelanto de acciones de control político en una u otra parte del mundo. Es que el trámite de intereses encontrados, al ritmo de lo que cada quién pretende obtener en su beneficio, forma un desorden que deja víctimas por todas partes. Víctimas de la violencia, la opresión, la injusticia, el desplazamiento, o la falta de oportunidades.

Refundida la claridad de propósitos de la época de su fundación, y de los primeros años de su existencia, hay quienes han llegado a decir que, con su modelo burocrático, las Naciones Unidas han contribuido a acelerar el desorden y el caos en la comunidad internacional. Aquella idea original de contar con una organización que, con autoridad reconocida por todos, sirviera para prevenir la guerra y mantener la paz dondequiera que estuviese bajo amenaza, ha sido rebasada por una realidad que presenta el espectáculo de millones de muertos y desplazados, cuyo sacrificio va camino de la impunidad.

De lo anterior son pruebas fehacientes, entre otras, las tragedias de Rwanda, Somalia, Camboya, Sudán, Irak, Yemen, Myanmar, Libia y Siria, y problemas territoriales por resolver, como los de Palestina y Cachemira, que siguen produciendo víctimas. Para no hablar de matanzas como la de Srebrenica, en la que cerca de ocho mil bosnios musulmanes fueron asesinados en las narices de las tropas impotentes e inactivas de Naciones Unidas, cuya protección corrieron a buscar como último recurso.

Las credenciales de la Organización presentan aspectos particularmente difíciles de sostener. Para comenzar, ha alojado, y aloja, lo mismo democracias que dictaduras, y a todas termina por cubrirlas con un manto de institucionalidad del que ellas saben sacar provecho. Existen ahora factores que no existían hace setenta años, como la confrontación cada vez más abierta sobre la base de credos religiosos, y la presencia del terrorismo de diferentes formas como medio de acción en la vida política. Admite además la ONU, formalmente, diferentes clases sociales, en favor de las potencias atómicas del Consejo de Seguridad, que hacen lo que les parece o pueden impedir que cualquier otro, dentro del mismo grupo de cinco o de todos los demás, obtenga cualquier decisión que le sea favorable.

Mientras tanto, continúa la sucesión interminable de hechos cumplidos, que se consolidan por encima de la existencia de la institución misma, y van acomodando las cargas en favor de potencias por regionales, y de una que otra con pretensiones globales, sin que exista poder alguno que lo evite. O que evite la configuración de un mundo acomodado a empujones.

Al paso que vamos, la importancia de las Naciones Unidas seguirá siendo decreciente. Sus mandatos y resoluciones, inclusive las del Consejo de Seguridad, serán papeles despintados al impulso de los intereses de una u otra potencia. Mientras por dentro la institución, que hace sus mejores esfuerzos en no pocas actividades, se ve carcomida en otras por señales de corrupción que se suman a ya legendarias muestras de ineficacia y burocratismo. Con el infortunado corolario de que nadie le pone atención a los llamados de su Secretario General, sea quien sea.

Desde los años cincuenta del siglo pasado, se han presentado no sólo reclamos sino propuestas de reforma de diferentes grados a la institución de las Naciones Unidas. Todas han resultado inocuas. Pero no por ello se debe dejar de llamar la atención sobre la urgencia de que alguien por lo menos les pongan atención a los llamados sin esperanza del Secretario Guterres, para que se detenga ahora mismo tanta barbarie en contra de comunidades indefensas, cuyas imágenes desfilan ante el mundo en medio de las de farándula, que sirven de anestesia contra el dolor que deben causar los dramas humanitarios. Al tiempo que se debe fortalecer la idea de organización de una ciudadanía mundial que reclame algún tipo de institucionalidad que corresponda a las necesidades y perspectivas de un mundo que se adentra ya a su tercera década de un nuevo siglo, en medio del desorden.

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