Por: Santiago Gamboa

¡Qué democracia!

Una vez más, la política criolla nos muestra que lo que llamamos “democracia” es tal vez el principal impedimento para tener un país plenamente democrático. Nunca olvidaré la definición que me dio Sergio Cabrera del Congreso de la República: “Es como la cárcel, donde el pequeño delincuente se convierte en gran delincuente”. O las palabras de un exembajador y amigo: “Si el Gobierno quiere algo del Congreso, se lo tiene que comprar a cada congresista. Sobre todo, a los de su propio partido”. Por esto mismo (exceptuando a esa minoría que sí quiere cambiar el modo de hacer política, y que todos sabemos quiénes son), los congresistas o senadores de siempre, los profesionales, no están en su curul representando a una región o a una comunidad, sino a quienes les pagaron la campaña. Y a sí mismos. ¿Cómo puede ser de otro modo si el sistema está diseñado para esto? Cuando un político surge necesita financiación, entonces las empresas o los caciques regionales (intermediarios entre el Congreso y las empresas) sitúan al candidato en el disparador de salida y, con frecuencia, logran la curul con votos comprados. Como el voto no es obligatorio, la compra siempre funciona. Si lo fuera (pero los congresistas se oponen, no son tontos), las votaciones serían más altas y comprar un resultado supondría una cifra imposible. Tal como es hoy, 20.000 votos a $100.000 cuestan $2.000 millones, una bicoca para un político. Una vez elegido los recupera en pocos meses, gana y les hace ganar a sus patrocinadores. ¡Es un negocio redondo! Pero si tuviera que comprar no 20.000, sino 100.000, la cifra de salida sería demasiado alta, y la organización para hacerlo más compleja y arriesgada. Con el modo actual, ni la gallina de los huevos de oro es más rentable que ser congresista en Colombia.

De esta pseudodemocracia criolla los colombianos hemos visto momentos estelares. Tal vez el más asombroso, por su carácter teatral y la desfachatez, fue cuando el Congreso aprobó la posibilidad de un tercer mandato para Uribe. Los gobiernistas no asistieron al primer round para cobrarle al presidente su asistencia al hemiciclo y su voto. Recuerdo las imágenes del Congreso vacío y los padres de la patria haciendo fila en los corredores, cada uno con su listica. Se hizo famosa la frase de Noemí Sanín: “¡Eso fue un mercado persa!”. Algo parecido vemos hoy, con la aprobación de los estatutos de la JEP. Los gobiernistas saliéndose del hemiciclo para que no haya quórum y así poder vender su última levantada de mano. ¿Es esto democracia, realmente?

La oposición del CD, por no poder vender nada, se ve anémica y en los rines tras la larga sequía. Cero contratos con el Estado, cero embajadas o puestos públicos. ¡Qué duro es hacer política así! Por eso hoy saltan lanza en ristre tras el poder, cueste lo que cueste. Quieren la chequera del Estado, que tanta falta les ha hecho y que probablemente ya la deben a alguien. ¿De dónde salió la plata que mantuvo, por ejemplo, a Andrés Felipe Arias en EE. UU.? ¿De qué chequera se ha financiado el Centro Democrático? Sea cual sea, tengan la seguridad de que no fue un aporte sino un préstamo, y que, si ellos ganan, los colombianos pagaremos la deuda durante la próxima legislatura.

 

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