Por: Santiago Montenegro

¡Qué desvergüenza!

FINALMENTE HE PODIDO LEER CON tranquilidad el discurso de Raúl Castro en el sexto congreso del partido comunista de Cuba, del pasado 16 de abril de 2011, fecha que conmemoraba el 50 aniversario del carácter socialista de la revolución.

Es un texto alucinante y, se podría decir, desesperado. Es un reconocimiento casi explícito del fracaso de la revolución y, por ello, intenta plantear los rasgos que deberán caracterizar el modelo económico y social del futuro.

Castro hace un urgente llamado a una mayor racionalidad económica, de manera que con gastos menores se obtengan resultados mayores y sostenibles. Asegura que Cuba pasará a un sistema más descentralizado teniendo en cuenta las tendencias del mercado, pues “la experiencia práctica nos ha enseñado que el exceso de centralización conspira contra el desarrollo de la iniciativa en la sociedad y en toda la cadena productiva” y se queja de que los empresarios desarrollaron alergia por el riesgo que entraña la acción de tomar decisiones. Y, como para que no lo acusen de neoliberal, sustenta su propuesta en el mismo Fidel, quien en 1975 había dicho que “existen leyes económicas objetivas a las cuales debemos atenernos”. Afirma que la libreta de abastecimiento se ha convertido, con el curso de los años en una carga insoportable para la economía, de desestímulo al trabajo, además de generar ilegalidades diversas en la sociedad. Argumenta su irracionalidad con varios ejemplos, tales como el hecho de que se les asigna una cuota de café a los recién nacidos y cigarros tanto a los que fuman como a los que no fuman, razón por la cual se convirtió en uno de los grandes incentivos al vicio. Plantea la necesidad de reducir la planta inflada en el sector estatal, para ampliar y flexibilizar el trabajo en el sector no estatal y estimular el trabajo por cuenta propia, que ha crecido, según él, en 200 mil personas desde octubre pasado. Después, se supo que planean botar medio millón de empleados públicos.

Para impulsar el desarrollo de la economía no estatal, Castro plantea una serie de medidas, como la necesidad de consolidar la figura del contrato como herramienta reguladora de las interrelaciones entre los actores económicos, y asegura que están listas las normas jurídicas que permitirán la compraventa de viviendas y automóviles usados, así como la ampliación de tierras ociosas a entregar en usufructo a agricultores destacados y el otorgamiento de crédito a trabajadores por cuenta propia y a la población en general. Pero afirma que el Estado seguirá prestando salud y educación gratuita a todos los cubanos.

En el plano político, hace una crítica demoledora a las tendencias al amiguismo dentro del partido comunista y en la dirección del Estado, que cerró las puertas a las mujeres, a los negros, mestizos y jóvenes sobre la base del mérito y las condiciones personales. Argumenta que no haber resuelto este problema es una verdadera vergüenza que “cargaremos en nuestras conciencias durante muchos años”. Dice también que se debe limitar hasta dos períodos consecutivos de cinco años el desempeño de los cargos políticos y estatales más importantes. Lo que no dijo Raúl Castro es que no debieron esperar 50 años para implementar estas medidas; que la peor desvergüenza fue el amiguismo de él y el de su hermano Fidel y el de los cuadros directivos del partido comunista; que son ellos mismos los responsables de este descalabro. Y, por supuesto, no dijo que van a renunciar para permitir que Cuba sea un país libre y democrático.

 

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