Sombrero de mago

Qué doña tan atenida

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La palabreja la usaban, en tiempos de menos desasosiegos, las mamás: “Muchachos, dejen de ser tan atenidos. Hagan algo por ustedes mismos”. Y les sonaba hasta agradable y no despertaba ningún malestar. Pero en los labios de una señora arribista y clasista, que en rigor ha sido ella la atenida a que los incautos voten por ella, atenida a la demagogia electorera con la pobreza de los demás, y que no es más que una suerte de ameba que parasita los puestos oficiales, sí es un exabrupto y un irrespeto a los trabajadores.

Lo que dijo doña Martucha, que así le dice el pópulo y el murmullo callejero, es una especie de atentado contra la dignidad de mucha gente que ha sido atropellada, vilipendiada, ofendida por la oficialidad y maltratada por las distintas medidas antipopulares de este y pasados gobiernos (en los que doña “Atenida” también participó). Qué descaro.

Una cosa es que en aquellas jornadas, una abuela, una tía, una pariente cercana te hubiera endilgado el atenido, porque no tendías la cama o porque te negabas a lavar algún plato, y otra muy distinta es que una vicepresidenta (cargo que pudiera ser más ornamental si allí estuviera una doña más simpática) se dirija en esos términos no solo a trabajadores, sino, además, a empresarios. Pero vamos con lo que corresponde a aquellos que son, en esencia, quienes mantienen, con su laboriosidad, impuestos, esfuerzos y sacrificios, a los de arriba, a los mandones, a los que están ahí, en el poder, porque los “atenidos” han votado por ellos, siguiendo, como los toros, el engaño que les baten.

No, señora. Cuáles atenidos. Acaso lo son aquellos que se han roto el espinazo en distintas faenas, que buscan el pan cotidiano con enormes sacrificios y carencias. Cómo va a decir que son atenidos los que, en un país de inequidades, de salvaje neoliberalismo, con gobiernos entreguistas —de los que usted, doña Tucha, ha sido parte—, han sido maniatados y conducidos a la piedra de los sacrificios por las distintas reformas tributarias, laborales, pensionales, por unas medidas antipopulares que lo que han hecho es enriquecer a los más ricos y empobrecer a los más pobres.

No, señora, no venga con atropellos verbales a desconocer a los trabajadores que, cada día, son pauperizados, que están en la cuerda floja de la inestabilidad laboral, que sufren persecuciones cuando, en las calles, se manifiestan contra las ignominias gubernamentales y el sistema canalla que los oprime. ¿Atenidos? Si en tiempos de emergencia como los que vivimos, en días de coronavirus y confinamiento, en que todo se ha alterado, es una obligación del gobierno atender a los desamparados, dedicar recursos para todos, pero, más aún, para los que padecen hambre y, en esta coyuntura pandémica, están a la deriva.

Debería darse cuenta (pero qué va, si usted todavía le dice a Duque “presidente Uribe” —y puede que hasta razón tenga en esa apreciación, doñita—) de que quienes usted llama atenidos, no son más que las víctimas de un sistema de injusticias y desafueros. Los así estigmatizados son los mismos a los que usted, con sonrisas hipócritas, con burlón maquillaje en las palabras, les pidió sus sufragios en esos días en que los politiqueros, como usted, de repente se acuerdan de los olvidados de la fortuna.

Ah, y como si fuera poco el atrevimiento de llamar atenidos a los que son los despojados, la carne de cañón, los explotados, les agrega con el menosprecio característico que sienten los de “arriba” por los de “abajo”, que “agradezcan la bendición de tener un trabajo formal, prestaciones y su seguridad social”. No, señora. No es una bendición. El trabajo es una transacción. Una compra-venta. Y las prestaciones y la seguridad social, tan aporreadas por el sistema neoliberal, son derechos conquistados por las luchas obreras. Y contra los cuales se han desatado todas las furias de los chupasangres. De esos de los que usted hace parte, y que, sin vergüenza, claman ahora que hay que suspender las cesantías y afinar el rifle de las reformas contra los trabajadores.

Usted los llama atenidos, mientras otro tiburón propone suprimir primas y despojar más aún los precarios ahorros de los trabajadores. Atenida usted, mi doña, que desconoce las contribuciones a los caudales de una ínfima minoría, esa sí parásita, que aportan obreros, campesinos, empleados, ejecutivos, artesanos, cada vez menos prósperos, más exprimidos y humillados.

Atenida, usted, misiá, que cree que estar en un cargo de mando le da patente para despreciar y maltratar a los que son los auténticos productores de la riqueza de un país. En cambio, les niega tal apelativo a los banqueros que se alzaron con un platal cuando el gobierno sin más ni más les regaló 500 mil millones de pesos. Doña atenida, aténgase al escarnio público.

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