Por: Catalina Ruiz-Navarro

¡Que el Esmad no nos quite las calles!

La semana pasada el Esmad fue el siniestro protagonista de la agenda de noticias. Primero, por la represión a las justas protestas de los y las estudiantes de la Distrital, a las que se sumaron, en solidaridad, los y las estudiantes de la Javeriana. En respuesta, el Esmad se metió con gases y tanquetas a la universidad privada afectando incluso el hospital San Ignacio. A su vez, otras universidades se sumaron a las protestas por el abuso de fuerza del Esmad y convocaron una marcha el viernes 27 de septiembre. Ese mismo día, hubo una marcha para crear conciencia sobre el cambio climático y las feministas teníamos organizado un plantón para reclamar nuestro derecho a un aborto libre y seguro. Las tres marchas fueron víctimas del Esmad, que se lanzó a atacar a manifestantes y transeúntes por igual.

Supuestamente estos abusos de la fuerza pública estaban justificados porque algunos “vándalos” rayaron paredes, rompieron vidrios y se ensañaron particularmente con el edificio del Icetex, un gesto extremo pero políticamente simbólico, especialmente en unas protestas que emergen del derecho a la educación. Siempre hay vándalos en las protestas: algunos son pequeños grupos que usan el daño a la propiedad privada como una táctica de protesta; otros son grupos que quieren deslegitimar las marchas, entre los que se cuentan hasta miembros de la misma Policía. Bajo la lógica represiva del Esmad, los delitos de vandalismo son justificación para reprimir el derecho a la protesta. En corto, para el Esmad es más importante la integridad de las construcciones de piedra y cemento que derechos humanos fundamentales como la libertad de expresión, de asociación y del libre tránsito, que hacen parte del derecho a la protesta. ¿Qué es más violento: rayar un monumento y romper unos vidrios o reprimir y violar derechos humanos?

Hay estándares internacionales para el uso legal y legítimo de la fuerza pública y el Esmad los hizo trizas. Primero, debe ser gradual; es decir, el Esmad no puede llegar de la nada a irse a los putazos contra los manifestantes, tiene que comenzar por hacer advertencias con un megáfono para que las personas se retiren y debe escalar el uso de la fuerza de forma gradual. Las compañeras feministas que estaban protestando en el Parque de los Periodistas cuentan que en cosa de diez minutos se vieron atrapadas y rodeadas por los gases lacrimógenos y el Esmad. Segundo, el uso de la fuerza debe ser proporcional; si los o las manifestantes le tiran un huevo a un policía, este no puede responder con un golpe en el estómago. Nada tiene que hacer una tanqueta del Esmad en un hospital. Tercero, el uso de la fuerza debe ser diferenciado; es decir, el Esmad debe tener el criterio para diferenciar entre quienes protestan sin cometer delitos y los que sí. Lo peor aquí es que el Esmad sí discrimina, solo que bajo otros criterios: cuando los grupos antiderechos se parquean frente a Oriéntame para entorpecer el acceso al derecho a un aborto seguro de las mujeres, no llegan las tanquetas; a las marchas uribistas jamás las van a gasear con lacrimógenos. El Esmad usa su fuerza de forma diferenciada, sí, pero no a favor de los derechos humanos, sino en defensa del statu quo.

Lo que un grupo como el Esmad tendría que hacer es garantizar el derecho a la protesta e identificar a los disruptores, para que todos y todas podamos marchar en paz, sin darles un trato diferente a las protestas que el poder considera buenas o legítimas y a las que no. Incluso si el Esmad no cumple con este mandato, o precisamente porque no lo hace, nosotras, la ciudadanía, tenemos el deber de salir a las calles. En Colombia, durante décadas se ha reprimido y estigmatizado la protesta social al punto de convencernos de que no sirve para nada. Pero una “democracia” basada en la disciplina, el silencio y las buenas formas es un fascismo disfrazado. Los derechos humanos siempre se han conquistado en las calles.

@Catalinapordios

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