¡Qué errorcito!

Se viene planteando la tesis de que para que proceda el divorcio no debería ser necesario invocar una de las causales actualmente consagradas en la ley, sino que, simplemente, debería bastar la manifestación de uno de los cónyuges de querer dar por terminado el vínculo, bajo el supuesto de que a una persona no se le puede obligar a cohabitar con otra a quien ya no ama.

El argumento suena interesante y pareciera responder a un asunto de simple lógica. Si el matrimonio nace del amor, tal y como lo refleja el artículo 113 del Código Civil cuando dice que las personas se casan para vivir juntos, procrear y socorrerse y ayudarse mutuamente, tres cosas que la gente suele hacer cuando se ama, en el momento en que el sentimiento se acaba, pues desaparece su razón de ser y, por lo tanto, el vínculo debería extinguirse. Sin embargo, para quienes no comparten la idea, en los asuntos de familia hay tantas cosas en juego que la solución no puede ser tan sencilla y pragmática.

Y es que en el tema del matrimonio hay normas que llaman la atención. Una de ellas es el numeral 1 del artículo 140 del Código Civil que dice, en forma simple, llana y textual, que aquel es nulo “cuando ha habido error acerca de las personas de ambos contrayentes o de la de uno de ellos”. A primera vista podría decirse: ¡Buenísimo! A quien le vaya mal le basta decir que se equivocó al escoger su pareja, pues esta le resultó “un paquete chileno”, por lo que su consentimiento estuvo viciado, con lo cual problema arreglado. No obstante, respecto de este texto y con el ánimo de morigerar sus consecuencias, la doctrina señala, de forma casi unánime, que el error sólo se puede predicar respecto de la identidad física de los contrayentes. O sea: ¡Malísimo! Ante esa interpretación, la causal se torna fantasiosa, pues imaginarse hoy en día un caso en el que ello pueda ocurrir es casi imposible. ¿Cómo así? ¿Se casa uno con la gemela de la novia y no se da cuenta? ¿Y la gemela se queda callada? Es por eso que cuando hay que explicar esta disposición toca acudir a la Biblia, donde se encuentran historias de todo y para todo, y buscar lo que le pasó a Jacob, que se quería casar con Raquel y terminó casado con Lea sin darse cuenta.

Todo esto para preguntarnos si no será el momento de actualizar integralmente el derecho de familia, dejando de lado normas del siglo XIX, para regular situaciones del siglo XXI, que sean reales, ojalá alejados de cualquier influencia religiosa.

Y en cuanto a Jacob, como que “leyó”, repasó y le quedó gustando, pues trabajó gratis siete años más para quedarse con las dos hermanitas. ¿Será este el origen de la remuneración en especie?

*Magistrado auxiliar del Consejo de la Judicatura.

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