Por: Columnista invitado

¿Qué es eso de la felicidad?

Lo que somos como sociedad está reflejado en las noticias.

Realmente, nuestros medios informativos no pueden hablar de las cotidianidades de Suiza o de Suecia sino de las de Colombia.

A la luz de lo que ocurre, es necesario dañar la imagen bobalicona que surge de las mediciones de felicidad que hace no se sabe quién, que nos ubican en los primeros lugares de la lista de países que tienen ese sentimiento. Si esto es así, si de verdad la gente expresa que es feliz, el asunto se hace preocupante porque nos pone en los límites de la inconsciencia. Es como si uno no se diera cuenta de que llueve y dijera que se siente seco luego de caminar bajo el chaparrón. No faltaría sino que, al hacernos ver el fenómeno atmosférico aquel que sí se siente mojado, insistiéramos en lo contrario.

Es preferible que se nos acuse de negativos o pesimistas o aguafiestas a quedar en el montón de quienes no advierten las precipitaciones fluviales, que, en nuestro ejemplo, constituyen las supuestas bases de la felicidad verbalizada. Los espacios televisivos y radiales del país, y algunos periódicos, nos informan cada día de las cosas feas que suceden en Colombia en un fin de semana, además de las que ya pertenecen a lo habitual. ¿Cómo ser impasible ante lo que pasa, trágico y demasiado evidente?

Alguna vez alguien le pidió a un amigo que lo acompañara a una conferencia que dictaría sobre el tema que aquí nos ocupa. Como introducción dinamizante, les preguntó a los asistentes, uno por uno, si eran felices, y todos expresaron que tenían motivos para serlo. Antes que le tocara el turno de dar a conocer su parecer, el invitado simuló la necesidad de salir un momento, y dos minutos después se reincorporó, pero no se sentó donde antes había estado sino en la última fila del público, con la intención de terminar la ronda. ¡Qué papayazo! Después, el expositor le dijo a su amigo que ya había pensado en cuál sería su respuesta y por eso le había pedido que fuera, porque sospechaba que él se saldría del molde y soltaría el agua fría para hacer despertar a los oyentes de la charla, de modo que él pudiera realizar su propósito de cuestionar y sacudir al auditorio.

Pensando en esto, creemos que en una línea media y con un mínimo de conciencia crítica, la gente debiera manifestar, como lo experimentamos nosotros ante los episodios que pueblan el mundo de las noticias, una especie de preocupación o algo parecido, y sentir que no es humanamente aceptable que justo en un país con los problemas del nuestro sus habitantes digan que todo es una dicha. Y si ello no pasa así, sencillamente hemos de reconocer que estamos inmersos en una cultura que nos hace asimilar lo monstruoso como normal, y las muertes y las salvajadas que vemos como el motivo propicio para estar a tono con un supuesto bienestar colectivo.

Pues, sí, amigos lectores: no somos felices. Porque más allá de lo familiar y de los amigos más cercanos, que eventualmente nos proporcionan los elementos indispensables para sentirnos bien, la avalancha permanente de hechos tenebrosos pesa mucho más que el mundo personal. Si esta forma de pensamiento es minoritaria, habrá que resignarse a considerar que estamos muy lejos de ser un país civilizado y cristiano (¡y de esto se hace alarde!), salvo que la civilización se mida por el grado de despersonalización y anomia que nos aqueja.

 

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