Por: Sergio Otálora Montenegro

¿Qué está pasando con las barbas del Tío Sam?

Nada es eterno en el mundo, ni siquiera el poder monolítico del partido demócrata y republicano.

A éste último, se le acaba de atravesar una bestia en apariencia indomable: el Tea Party, extraño amasijo de lunáticos de derecha, libertarios (que en Estados Unidos no llevan esa aura romántica que sí tienen en otras latitudes), desencantados con Obama de los dos partidos, racistas, xenófobos, cristianos fundamentalistas. Incluso hay milicias que exhiben los fierros por si acaso “el gobierno” decide atentar contra las libertades. Hay de todo. 

A primera vista, podría pensarse que este movimiento nació de manera espontánea, en reacción al actual presidente, al que no bajan de socialista recalcitrante,  y al que acusan  de haber disparado la deuda pública, de darle desmesurado poder al gobierno federal, de poner en tela de juicio la empresa privada, de inmiscuirse en las decisiones más íntimas de las personas. Y lo peor: es señalado como responsable último del declive del imperio, que sólo favorece el apetito hegemónico de los chinos.   

Detrás del Tea Party, hay una bien calculada estrategia política y poderosos intereses económicos, como lo demostró con sobrada documentación la revista The New Yorker. Los hermanos Koch, poseedores de la tercera fortuna más grande de Estados Unidos, vieron en este recién nacido movimiento ultraconservador la posibilidad real de concretar su ideario político: cero impuestos para las empresas e individuos, reducción total de beneficios para los más necesitados, eliminación de las agencias reguladoras y de control, inyección de millones de dólares a organizaciones  que atacan, de manera sistemática, por todos los medios, los estudios sobre el calentamiento global y el cambio climático por considerarlos una farsa montada por la izquierda internacional aliada con  científicos de “dudosa reputación”.

El Tea Party se convirtió, bajo los auspicio de estos magnates, en un exitoso aparato de agitación y propaganda, que en las elecciones de 2010 ganó 17 escaños en la Cámara y 6 en el Senado, sin contar a los senadores y representantes republicanos que apoyan a este movimiento, dado su indiscutible arraigo popular. La estrategia es desmantelar el sector público, reducir cada vez más el tamaño del Estado;  la táctica es destruir el gobierno de Obama (y todo lo que él simboliza)  con el fin de hacer imposible su reelección. Y en el medio una bien montada maquinaria de sofismas: que el enorme déficit fiscal ?generado por el gasto desbocado de los demócratas? y el intento de incrementar los impuestos a los más pudientes, destruyen puestos de trabajo  y amenazan  las bases mismas del sistema de libre mercado.

Por eso, para impedir que Obama siga “gastando sin medida”, convirtieron la rutinaria autorización, por parte del Congreso,  de subir el techo de endeudamiento público, en un forcejeo político sin precedentes,  que ha llegado al extremo de poner en serio peligro la estabilidad financiera de la aún economía más grande del mundo. El problema aquí es que la bancada que sigue al  Tea Party no  obedece a los líderes tradicionales del partido republicano,  le importa un higo lo que digan personajes tan influyentes como los  presidentes del JP Morgan o Goldman Sachs, la directora del Fondo Monetario Internacional o los editores del influyente diario The Wall Street Journal, quienes  han coincidido en advertir que una suspensión de los pagos de Estados Unidos, y una baja en su calificación de riesgo,  sería catastrófico no sólo para su economía, sino para el sistema financiero mundial.

Nada: para los extremistas esas son cortinas de humo, engaños patrocinados desde la Casa Blanca. La idea de fondo es hacerle morder el polvo al presidente, destruir los ímpetus progresistas del partido demócrata, y recuperar el poder para los verdaderos patriotas, los que quieren el regreso de la “América grande y prospera”. Pero afuera, en la calle, las cosas son a otro precio: sólo el 31% de la población se considera demócrata y el 29% republicana, mientras que el 38% se ve como independiente, franja que tiende a crecer. Más del 60% quiere que haya una negociación equilibrada. Por ahora, la incertidumbre se ha convertido en signo de lo que antes era una potencia predecible y estable.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Sergio Otálora Montenegro

Prueba de esfuerzo para el viejo Tío Sam

La gran perversión del Tío Sam

Uribe y Trump: dos viejos camaradas

Hacer fila para dejar los fierros

Más claro no canta un gallo