Por: Arlene B. Tickner

¿Qué estará pensando Kim Jong-un?

El encuentro emotivo entre los presidentes de Corea del Sur y del Norte, Moon Jae-in y Kim Jong-un, es uno de los hechos más trascendentales de la historia mundial reciente. Más allá de su fuerte simbolismo, en la Declaración de Panmunjon los dos líderes se comprometieron (aunque vagamente) con asuntos de peso: intensificar las relaciones intercoreanas, incluyendo la reunificación de familias y la implementación de proyectos económicos y de infraestructura conjuntos; aliviar las tensiones militares y los actos hostiles en la península de Corea; buscar una paz robusta que ponga fin al estado anormal de armisticio existente desde 1953, e iniciar conversaciones trilaterales o cuadrilaterales con Estados Unidos, China y, eventualmente, Rusia, con miras a lograr la paz y la desnuclearización con acompañamiento de la comunidad internacional.

Después de la realización de 23 ensayos de misiles y una prueba nuclear el año pasado y la intensificación de un discurso belicoso, cabe la pregunta de por qué ahora Kim busca posicionarse como líder dispuesto al diálogo y el desarme. Las teorías existentes —todas vinculadas a la sobrevivencia del régimen— incluyen el temor de que las sanciones económicas pueden llegar a convertirse en una amenaza existencial, pese a que hasta ahora la poca información existente sugiere que ha logrado adaptarse a ellas; la convicción de que el desarrollo de su programa nuclear es tal que ya lo blinda contra cualquier intento de derrocarlo; el apaciguamiento de su único aliado, China —a la que realizó una visita sorpresa en marzo—, que ha insistido en la deseabilidad de la diplomacia y que busca tener un papel decisivo en ella, y la búsqueda de una ventaja estratégica frente a Donald Trump.

Cabe anotar que la aceptación por parte de Washington de una reunión cara a cara sin que Pionyang haya tenido que ceder nada a cambio ya es ganancia para el líder norcoreano, dado que constituye un gesto de reconocimiento como “igual” que tanto ha buscado. Sin embargo, lo que puede ocurrir (o no) cuando Kim se encuentre con Trump es un misterio absoluto. Pese a haberse comprometido ante su homólogo surcoreano con la desnuclearización, ésta no significa lo mismo para Corea del Norte que para Estados Unidos, que exige el desmonte completo, verificable e irreversible del programa de armas nucleares, sin indicio alguno de estar dispuesto a eliminar o reducir su propia presencia nuclear y militar en la zona. De la misma forma que Trump no tiene por qué confiar en Kim, éste tiene fuertes motivos para desconfiar del presidente estadounidense, dada su fama de tramposo, así como las experiencias recientes de Libia e Irán. Mientras la primera entregó su programa nuclear en 2003, para que Gadafi fuera aniquilado ocho años más tarde, el segundo sigue siendo castigado aún después de congelar el suyo. A ojos de Kim, ambos casos refuerzan la importancia de tener un “seguro” frente a cualquier ataque externo.

En medio de la incertidumbre, lo único claro es que el problema de las dos Coreas no es sólo ni principalmente bilateral, ni se resolverá sin la anuencia de potencias externas cuyos intereses pueden ser otros que los de 75 millones de habitantes de la península, por no mencionar a otros países afectados, como Japón.

 

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