Por: Alvaro Forero Tascón

¿Qué hacer frente a los vientos del sur?

Refiriéndose a las elecciones regionales que acabaron de pasar y el gobierno Duque, el expresidente Álvaro Uribe declaró: “Quisimos examinarlo a la luz de los problemas que se viven en América Latina”, agregando que “hay una gran rabia contra la corrupción”. En otra entrevista señaló que en Latinoamérica hay rabia contra la desigualdad.

Está bien que los políticos colombianos vean señales de alerta en la protesta social que crece en América Latina y en el triunfo de alcaldes alternativos en las grandes ciudades en las elecciones que acaban de pasar. La pregunta es cuál va a ser la respuesta a esas señales.

La respuesta del propio expresidente no parece muy alentadora. A la “rabia contra la corrupción” responde con que “el presidente y sus ministros dan un gran ejemplo de transparencia”. Olvida que el ejemplo es muy insuficiente para atacar una enfermedad tan profunda y que los ejemplos que más ven los ciudadanos son los de los congresistas hundiendo las reformas anticorrupción sin sonrojarse, de partidos como el suyo oponiéndose abiertamente a la consulta anticorrupción y de coaliciones de muchos partidos para impulsar políticos locales acusados de corrupción. Ante las alertas de las elecciones locales, propone “apoyar a los mandatarios regionales y locales, o tener independencia constructiva”.

Contra lo que denomina el “odio de clases”, el expresidente propone la “economía fraterna”, un modelo para que “les vaya mejor a las empresas y mejor a los trabajadores”. Y la política de emprendimiento y equidad del gobierno Duque. Recurre también a la teoría de la conspiración, para acusar al gobierno Maduro de instigar la protesta continental.

Contrastan los diagnósticos crudos con los remedios tímidos. Eso se explica o porque la preocupación no es tanta o porque no están dispuestos a tomar medidas de fondo para controlar las “rabias”. O, peor, porque conociendo como conoce el expresidente la rabia en la política, la ve como oportunidad más que amenaza.

En las democracias el descontento social se enfrentaba con reformas. En la era del populismo se enfrenta con manipulación. Donald Trump no le quitó el apoyo político de las clases trabajadoras estadounidenses a Hillary Clinton ofreciéndoles reformas de fondo, sino enemigos a los cuales culpar de los problemas económicos: China y México y sus exportaciones a Estados Unidos, y los inmigrantes que competían por los puestos de trabajo. Y a quién culpar por los problemas de inseguridad: los musulmanes y mexicanos “violadores”. Eso le ha permitido tener el apoyo de sectores golpeados económicamente por la globalización y la inequidad, y bajar, no subir, los impuestos generando un gran déficit fiscal.

Cuando los problemas no se quieren enfrentar con reformas de fondo, sino con reformas pensionales light, por ejemplo, y laborales proempresa, y mejoras de ingresos para compensar beneficios tributarios, no se logra contener el desencanto social y se termina acudiendo a fórmulas efectistas. El populismo antiinmigración venezolana, por ejemplo, es el chivo expiatorio perfecto al cual atribuirle la culpa del desempleo, de la inseguridad, de los problemas de calidad en la salud, etc. Para sacar a la gente a votar “emberracada”.

Afortunadamente el gobierno Duque es antipopulista.

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2019-11-06T00:00:49-05:00

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