Por: Catalina Uribe Rincón

¿Qué hay detrás del deseo de que los criminales se pudran en prisión?

Por estos días se habla de cadena perpetua para violadores de niños como si se tratara de una política pública cualquiera. Mientras unos dicen “Transmilenio por la Séptima”, otros, con el mismo tono y frivolidad, dicen: “cadena perpetua para violadores”. Algunos incluso, con más ínfulas de jueces, agregan: “pena de muerte”. Duque, por su parte, siguiendo la popularidad que da la “niñología”, esa defensa risible por sólo algunos derechos de los niños, insiste en que la cadena perpetua para violadores es una necesidad. Yohana Salamanca Jiménez, promotora de este castigo en el Congreso, fue más allá afirmando que “ojalá estemos en Navidad del 2020 dándole este gran regalo a los niños de Colombia”. ¿Es en serio? ¿Estamos hablando de la privación permanente de la libertad de un ser humano en términos de “regalo”? 

La idea de las prisiones como pena por cometer crímenes es antigua, pero, por lo mismo, requiere de revisiones periódicas. ¿Qué estamos buscando con la cárcel? ¿Es una forma de mantener a los criminales alejados de la sociedad? ¿Es un mecanismo de disuasión? ¿Es un lugar para que los criminales reflexionen y se transformen? ¿Todas las anteriores? ¿O acaso, como parece sugerir el morbo de muchos, lo que se busca es únicamente la venganza del castigo?

Los que claman por que se filme a Andrés Felipe Arias esposado en la Picota, los que insisten en ver a los guerrilleros “pudriéndose en prisión”, y los que buscan encerrar de por vida a los violadores de niños comparten un razonamiento: que sufran por lo que hicieron. Por eso, no importa si hay hacinamiento, si los derechos humanos se violan, o si se “matan entre ellos”. En últimas, ¿qué más da si a los violadores los violan?

No nos engañemos en pensar que castigos más brutales en prisiones más horribles nos van a hacer un país más justo. Quizás hay criminales que nunca logren ser más que eso. Pero abandonarnos como sociedad a una suerte de linchamientos es pura pereza. El clamor por penas más duras no es justicia. Es un engaño compensatorio porque sabemos que los culpables son muchos, que cogemos a muy pocos, y, sobre todo, que los cogemos muy tarde. La mediocridad sólo se supera con competencia. La venganza tiene poco de justicia y mucho más de impotencia.

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