Por: Mario Morales

¿Qué hay que hacer?

Si una necesidad va quedando explícita en medio del vaivén de dimes y diretes y de la incontinencia verbal, agresiva y a veces ofensiva, de las partes, es la de una mediación que preserve los diálogos de paz en La Habana que inician hoy su decimosexta ronda, ayude a blindarlos y les ponga una perspectiva factible de tiempos, ritmos y alcances.

Una mediación internacional que recomponga el respeto mutuo y la confidencialidad de los avances, pero que a la vez sea garantía de transparencia en la negociación para todos los colombianos.

Estos 11 meses son una demostración de que solitos no pudimos y que se requiere un componedor antes de que se deterioren las relaciones entre Gobierno y guerrilla.

Y es que el proceso requiere de esa y otras cirugías de rejuvenecimiento para trascender la época electoral. Una de ellas, de Álvaro Leyva, ya casi aceptada por el Gobierno, tiene que ver con mayor tiempo de dedicación en cada ciclo y menos intervalos, que sólo han servido para alborotar el avispero. De pausas, insistimos, ni hablar.

Lo del armisticio suena razonable desde el punto de vista humanitario, pero se convertiría, para la derecha verborrágica, en un talón de Aquiles por el inevitable síndrome del Caguán. No haber hecho concesiones en ese sentido es un margen que debe mantener el presidente Santos.

La presencia de una figura respetable como el presidente de Uruguay, José Mujica, o de un emisario del papa Francisco, ayudaría a recomponer el ambiente de la mesa y permitiría renovar la retahíla gubernamental de la presión del tiempo, y desanclar el timing de la insurgencia.

Una mediación que además le ponga tarea al resto del país en aras de preparar el escenario de la reconciliación. Ahí es donde tiene sentido la metáfora de las mil horas de trabajo que ofreció Mockus con tal de alcanzar a disfrutar de un proceso que tardará por lo menos dos generaciones. Yo también me apunto. ¿Qué hay que hacer?

 

 

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