Por: Cartas de los lectores

¿Qué hay tras de la “defensa de la vida”?

Es impresionante la agresividad que muestra la clerecía católica en su oposición a reconocer el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo, obligándola a cumplir un código de prohibiciones porque, según esa congregación, su cuerpo y su vida no le pertenecen a ella, ya que son una propiedad particular de Dios, y la Iglesia es la representante de sus intereses en la tierra, según afirman.

Si revisamos el Génesis, encontramos que: al expulsar Dios a Adán y Eva del Edén, los abandonó a su libre albedrío, renunciando, de esa manera a su autoridad sobre ellos. Pero, dadas las circunstancias existentes hoy día, aparece de pronto alguien desafiante, reclamando ese derecho que, supuestamente, Dios le había dejado en herencia, y que no está dispuesto a perderlo. Esta reclamación se ofrece en tres variantes: 1º- Una persona que en una enfermedad terminal, con mucho sufrimiento y un pronóstico catastrófico, solicita a su médico una muerte digna. No obstante, con una voluptuosa actitud la iglesia le niega ese derecho, como si los moviera un disfrute en el dolor ajeno, tal como afirmaban los inquisidores que: “Dios disfrutaba como ellos los martirios de las hogueras”. 2º- Ante la recia oposición que ejercen los diferentes sectores adscritos al cristianismo a la práctica de un aborto seguro, para frenar la alta mortalidad materna, porque de cualquier manera se lo van a practicar, pero en condiciones inadecuadas.

Por ello somos partidarios de la despenalización total del aborto. Desde luego, ello acompañado de una educación sexual y preventiva, además del uso de los anticonceptivos, a los cuales se opone sin razón la Iglesia. Estos no son temas de incumbencia religiosa, es un problema de salud pública. Frente a esta agresiva “defensa de la vida” se muestran indiferentes y silenciosos ante la alta criminalidad que agobia a Colombia desde hace más de 200 años, desde los comuneros, con la bendición de monseñor Caballero y Góngora. 3º- La violación de niñas y niños, precisamente por católicos practicantes. La iglesia sólo debe hablar de pecado, más no de delito, que corresponde a los jueces. La cárcel no resuelve, agrava este hirviente malestar que lastima el cerebro de una mujer violada o con un embarazo no deseado. Por su parte el procurador, como vocero del clero, ha humillado, con sevicia, a los médicos obligándolos a abjurar a su pensamiento racional, el que aceptó al ingresar a esa profesión, para que acepte el dogma de fe a través de la objeción de conciencia. Concluimos preguntando: ¿Qué interés se esconde tras esta conducta tan agresiva?

Jaime Altamar Ríos. Villavicencio.

 

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