¿A qué huele el gas lacrimógeno?

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Por Álvaro Andrés Pérez*

Que una protesta termine en alteración del orden público es una posibilidad real. Sobre todo si mezcla una multitud acalorada con la actuación muchas veces torpe de la fuerza pública. Las imprudencias de algunos manifestantes, la intransigencia de otros, la falta de espacio, aunadas a la predisposición por la solución violenta de quienes portan armas, constituyen una verdadera bomba de tiempo que no siempre, siendo realista, es posible desactivar ni con el más grande abrazo pacifista.

La protesta es un torrente de circunstancias no muy fáciles de procesar. Es un acto complejo que no solo incluye a la pluralidad de marchantes, sino que también contiene a los transeúntes desprevenidos, a los perros callejeros, a los vendedores ambulantes, a los políticos y, cómo no, a los agentes del orden que suelen acompañarlas. Es un amasijo desorganizado en donde las legítimas exigencias se mezclan con intereses que saben correrle en paralelo: la estupidez de personajes que encuentran en el vandalismo un deporte, las ganas de que abran rápido la vía para poder llegar al trabajo, el deseo de que no la abran para seguir vendiendo tintos y cigarrillos, o los intereses de políticos charlatanes pescando en río revuelto. Todos ellos en medio de la esperanza de una juventud deseosa de transformar el mundo, pero que no siempre tiene claro por dónde comenzar.

Sin duda, un escenario complejo. Sobre el cual han llovido por estos días múltiples opiniones sobre su funcionamiento, sus motivos y “las soluciones”. Esto último principalmente en las voces de políticos gobiernistas y acomodados personajes públicos, de cuyas sugerencias no es difícil deducir su poca experiencia ejerciendo este singular derecho. Sobre todo porque en sus discursos no se les siente el resplandor del sol en la cara, ni el esfuerzo por calmar los ánimos en una diversidad descomunal de opiniones; no se les siente afónicos, ni mucho menos cansados de correr como gacelas al sentir el sabor asfixiante del gas lacrimógeno. Pues suelen ser de aquellos que hablan constantemente de la diversidad, pero parecen nunca haberla experimentado en su forma más desenfrenada. Porque la protesta social es eso, ante todo diversidad, para bien o para mal. Un puzzle de múltiples posibilidades, una muestra casi representativa de la naturaleza humana. Capaz de expresar en un mismo momento el mayor odio y la mayor compasión; la alegría más sublime seguida inmediatamente del más aterrador de los miedos. Un variopinto cúmulo de ideas divergentes, extremas, extrañas, o simplemente ridículas; de las que se espera, al menos, que no salga un monstruo que destruya la esperanza.

En ese orden, la protesta no conoce cauce distinto al que la voluntad colectiva pretenda. Por tanto, resulta irreal suponer que la solución a los problemas de ésta vendrá de afuera. Si ha de resolverse algún día el tema de la violencia y el vandalismo en ella, es claro que lo anterior deberá venir de adentro, de la protesta misma. De la sociedad que la contiene, que deberá dejar de ver al otro como un simple saco de carne y deberá entender que ante sus ojos hay una persona que tiene sentimientos, que sufre, que llora, que teme y que sueña; sin importar el matiz ideológico o el atuendo que se ponga, y que, a pesar de ser contradictora, nunca deberá ser avasallada ni vilipendiada, ni excluida, burlada o censurada. Claro que el día en que eso ocurra, ese día no habrá necesidad de salir a protestar, y nadie tendrá que preguntarse a qué huelen los gases lacrimógenos.

* Abogado especialista en derechos humanos y DIH.

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