Atalaya

“… que lance la primera piedra”

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Hace ocho días me refería al caso del despido de Alexi McCammond de la revista Teen Vogue por algunos comentarios que había hecho hace diez años, cuando tenía 17 años, para señalar parte de los peligros que tiene la llamada “cultura de la cancelación”. El problema no sólo radica en la anulación social de las personas “canceladas”, con el respectivo estigma que los acompañará durante toda la vida como una marca de Caín tatuada en la frente (independientemente de si la opinión o los actos que le dieron origen fueron hace mucho tiempo y si se disculparon y corrigieron el camino), sino que también es la demostración de la falta de memoria, los dobles estándares y la falta de autocrítica y empatía de muchos de aquellos que fomentan este fenómeno.

Hace poco tuve un estudiante quien, dando su opinión sobre algún tema, se refirió en términos desobligantes, en un tono altisonante y lleno de soberbia, a personas pobres y escasamente instruidas. La reacción del resto de la clase fue de inmediato repudio y llamados a la “cancelación”, lo que me puso en una posición difícil de manejar.

Quien hizo el comentario lo hizo desde su contexto protegido y limitado, en el cual, por 16 o 17 años, ha escuchado de quienes lo rodean las palabras y las ideas que él manifestó en mi clase y que hasta ahora está pudiendo contrastar en un ambiente ajeno a su burbuja de privilegio y con un público diverso.

Casos como estos son cada vez menos comunes, pero siguen ocurriendo. Recuerdo que hace años, un estudiante de primer semestre en un debate de clase le dijo a un salón de más de 50 personas que “las mujeres no pertenecían a la universidad” (años más tarde lo volví a encontrar en la entrada del Claustro del Rosario y, obviamente, era otra persona. Una persona más educada, con más experiencia, madurez y, sobre todo, más sabia).

Recuerdo que yo mismo, que hoy me las doy de librepensador y anarquista, a esas edades pensaba y actuaba completamente diferente a como lo hago ahora. También tuve mi fase homófoba, machista y ultraconservadora (y no todas fueron a un mismo tiempo…) Tuvieron que pasar años y tuve que vivir innumerables experiencias que me transformaron (a veces conscientemente y otras sin siquiera darme cuenta) y que siguen transformándome hasta el día de hoy. Empero, a lo largo del camino he tenido la fortuna de haberme podido redimir y de darme cuenta de que ser coherente no implica ser testarudo e inflexible con uno mismo y con los demás. ¿Cuántos de ustedes, respetados lectores, han sido siempre consecuentes con sus palabras y obras? ¿Cuántos y cuántas veces se han y les han dado otras oportunidades en sus vidas?

Una de las cosas maravillosas del ser humano es su capacidad de adaptarse y de aprender. La vida debe brindar la oportunidad de estar equivocado y de poder redimirse, de poder ser siempre mejor persona, en cualquier momento, así antes no se haya sido.

@Los_Atalayas, atalaya.espectador@gmail.com

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