Por: Nicolás Rodríguez

Que lo sepa el mundo

Oportuna y didáctica resultó la entrevista que le hizo CNN a Sergio Jaramillo. Con algo de pena ante lo inaudito de la situación, el excomisionado explicó por qué todavía es posible arruinar lo conquistado. “¿Qué es lo que hay para no querer de un proceso de paz como este?”, se pregunta la periodista, que no era otra que la gran Christiane Amanpour.

La respuesta ya la conocíamos. Chiva no hubo. Pero era importante que quedara un registro ante la audiencia internacional, que viene a ser la misma, y así lo dijo Jaramillo: que le ha oído al Gobierno de Duque decir que está comprometido con la implementación del Acuerdo de Paz. Así sea mentira.

Tomemos el primer punto de lo acordado, explicó con plastilina Jaramillo: el fondo de tierras para campesinos no avanza y la formalización de los títulos de tierras tampoco. La reforma rural, podría haber agregado, ni es integral ni es reforma. Tampoco ocurre en lo rural.

“Subestimamos el poder de la polarización”. Como con Trump, el brexit, Bolsonaro y demás desventuras del manoseo populista de la derecha en redes sociales, en Colombia se impuso el no. Y para cuando discutieron seriamente con el uribismo qué querían cambiar (el propio Jaramillo les reconoce a las Farc la madurez para renegociar) ya era muy tarde: Uribe había ganado al reunir una fuerza política en torno al uso de la posverdad (castrochavismo, rayos homosexualizadores, etc.).

Trastabilló, sin embargo, el excomisionado al insistir en que una cosa es el presidente Duque y otra el ala radical de su partido político. “Es que está atrapado”: una concesión demasiado generosa para un presidente jugado por la destrucción de la JEP, defensor entusiasta del glifosato y cómplice silencioso de la vuelta al ruedo del Estado de opinión con el que pretenden patear el tablero.

Menos condescendiente resultó su opinión sobre el expresidente Santos: que está preocupado, sí, pero que debería estarlo mucho más.

 

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