Por: Columna del lector

Que los reinados no se acaben nunca

A Carolina Sanín, la misma que arremete contra las niñas vestidas de rosa porque van vestidas color vagina, le parece deplorable que se dé importancia a los concursos de belleza y que la primera plana de los periódicos sea Miss Universo.

Carolina Sanín, la misma que renunció a en la más ridícula de las pataletas, porque Bogotá es un caos, está convencida de que este tipo de concursos son una ofensa de género y deberían acabarse. Sus razones (que expuso en la sección ‘Pro y Contra’ de hace dos semanas) no son más que ignorancia pura ante un mundo que le es ajeno. La manera en que embiste no es otra cosa que uno de los prejuicios más grandes y vergonzosos que pueden existir frente al mundo superficial.

Para empezar, Carolina Sanín cree que las instituciones están comprometidas con la equidad y los reinados van en contravenimiento porque son solo de mujeres.

Y no. Vamos por partes y para atrás. Miss Mundo es popular en Europa y Asia y Miss Universo en América. A los colombianos, Miss Mundo nos importa cinco. Fue creado por el inglés Eric Morley y actualmente pertenece a la Organización Miss Mundo, presidida por Julia Morley, esposa y viuda del fundador.

En 1996, la organización creó el certamen Mister Mundo, con exactamente las mismas características de su versión femenina —sí, también con desfile en traje de baño—, y se ha realizado todos los años con alrededor de 50 países participantes. La equidad, entonces, no está en acabar con los reinados, así como no estuvo en acabar la democracia cuando las mujeres no podían votar, sino en hacer cada vez más popular la participación de hombres en ellos.

Sanín, la misma que escribió sobre Charlie Hebdo tres semanas después de que hubiera pasado el atentado, insiste en que “en una sociedad justa la belleza física no debe ser un valor que otorgue relevancia social”. ¿Por qué no? ¿De dónde salió esta cruzada intelectual en contra de la belleza? En este mundo de mentes brillantes, críticos de todo y grandes pensadores de a peso, ser —o querer ser— bonita se condena como la más grande aberración. ¿Quién dice que detrás del modelaje o de un reinado no hay conocimiento? Las inteligencias múltiples existen y si para ser Miss Universo bastara con ser bonita, habría una miss en cada esquina.

Y Carolina Sanín, la que hizo una forzada lectura del Chavo del Ocho para decir que verlo era un proceso de domesticación, está convencida de que “el lenguaje de los concursos de belleza describe la mujer como bien común: la señorita Colombia es la nuestra, etcétera (...) con ello fomentan indirectamente el abuso”. También pasa con los futbolistas: nuestra selección; con los escritores: nuestro nobel de literatura; y hasta con los gobernantes: nuestro presidente. ¿Deberían entonces acabarse el fútbol, la literatura y la política? Hay argumentos de argumentos.

Seguir indignándose por Miss Universo y seguir demeritando un triunfo que de alguna manera une y enorgullece un país de contados orgullos, no tiene mucho sentido. El anhelo de belleza es tan válido como el anhelo de intelectualidad, y en las dos hay disciplina, conocimiento y trabajo. El problema, entonces, nunca han sido los reinados, sino todos los que, casados con sus propia prepotencia, insisten en la frivolidad del entretenimiento y la estupidez de su público. Ahí está la ignorancia.

 

 

 

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