Por: Juan Carlos Botero

“¿Qué más necesitan?”

A estas alturas, con todo lo que Trump ha hecho y dejado de hacer, con todo lo que ha demostrado más allá de cualquier duda, equívoco o esperanza posible, la pregunta que surge para quienes todavía lo apoyan es la siguiente: ¿qué más necesitan para quitarle su respaldo y aceptar, de una vez por todas, que este hombre es un cáncer para su país y para el resto del mundo?

Sin ir más lejos, y después de meses de espera, Trump finalmente presenta su proyecto de reforma tributaria, y resulta que, como era obvio por venir del partido republicano, no es más que un intento descarado de recortarles los impuestos a los ricos, aunque lo traten de vender, mediante toda clase de mentiras y engaños, como una reforma para beneficiar a la clase media. Y no sólo eso: el proyecto le serviría directamente a Trump y a su familia, pues les ahorraría más de mil millones de dólares. ¿Acaso no tienen vergüenza? Claro, hasta allí llegó la “gran preocupación por el déficit fiscal”, la cantaleta que repitieron los republicanos hasta la saciedad durante Obama. Y me pregunto qué habría pasado si Hillary, de haber sido elegida, hubiera hecho algo similar, una reforma tributaria para ahorrarle a la familia Clinton mil millones de dólares. Sin duda, el escándalo la habría tumbado del poder.

De otro lado, a instancias de Trump, los republicanos en el Congreso intentan pasar por enésima vez y como sea, a empujones, una reforma del sistema de salud pública para acabar para siempre con el exitoso programa Obamacare. Pero mientras que el proyecto de Obama fue sometido a meses de consultas con expertos, debates y explicaciones detalladas al público, éste se armó de manera improvisada, sin consultarlo con nadie, sin explicárselo a nadie, y con el único objetivo de deshacer el legado de Obama y arrebatarles la salud pública a millones de asegurados.

La mayor crítica a Hillary Clinton durante la campaña electoral era que ella había utilizado su correo electrónico privado para discutir asuntos de Estado. En cada discurso Trump espoleaba a que sus seguidores gritaran como lunáticos: ¡Que la encarcelen! Y ahora resulta que al menos seis trabajadores de la Casa Blanca, entre ellos Ivanka y su marido Kushner, han hecho exactamente lo mismo. Es la mayor de las hipocresías y de las incoherencias.

Mientras un huracán destruía Puerto Rico y otros territorios del país, Trump escribía tuits enfurecidos contra la protesta pacífica de los futbolistas de la NFL. Una furia que nunca se vio, por cierto, durante los disturbios en Charlottesville, y ni siquiera cuando un racista embistió a la multitud con su auto, matando a una mujer. En ese momento Trump reveló de nuevo su simpatía por los neonazis más repugnantes del país.

Todo esto es una fracción de las inmundicias que ha hecho Trump en sus meses de gobierno. Y cada día este payaso comete otro atropello, otra afrenta que divide y polariza aún más al país. Entonces, ¿qué más necesitan quienes todavía lo apoyan para que entiendan que este tipo no es su aliado, que es el mayor enemigo del planeta, que sólo le importa su propio ego, y que está dispuesto a llevar el país a la ruina con tal de avivar las llamas de su base electoral? Aceptar eso, y formar parte de esa porquería, es importante que lo sepan, es nada menos que una traición a la patria.

 

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