Por: Dora Glottman

¡Que me guarden puesto!

En el centro de visitantes en el capitolio en Washington, guardan un tesoro que vale la pena desempolvar. Una boleta equivalente a un pase para entrar como espectador al Senado durante el juicio de destitución del presidente Andrew Johnson. El boleto es amarillo con llamativas letras negras que invitan, como si se tratara del espectáculo de un circo, al juicio el 13 de abril de 1868.

Johnson estrenó el artículo 1° de la Constitución de Estados Unidos, que permite que funcionarios sean procesados (impeached) si cometen altos crímenes o delitos. El mandatario, que asumió el cargo tras el asesinato de Abraham Lincoln, fue acusado de despedir ministros sin permiso del Senado y en medio de un tenso ambiente político, pues no apoyaba que se les otorgaran derechos a los esclavos recién liberados.

Han pasado 151 años desde entonces y por cuarta vez Washington volvió a vivir esta semana audiencias públicas por cuenta de un proceso de destitución. Esta vez, al republicano Donald Trump por presuntamente haber presionado y “chantajeado” al gobierno de Ucrania para que investigara a su posible contrincante presidencial Joe Biden.

A Johnson lo absolvieron por un voto. Lo salvó su partido y lo más probable es que suceda lo mismo con Trump. Pero lo importante fue lo que le pasó a Johnson después del juicio. El presidente número 17 de esa nación no fue reelegido. El proceso de destitución le costó el apoyo de los demócratas para las elecciones de 1868. Ni siquiera lo nominaron como candidato.

Eso mismo le puede pasar a Trump. Esta vez lo que está en juego no es la Presidencia, ni los ratings que el espectáculo en Washington deje a los medios de comunicación. Lo que importa es el daño que hagan los testimonios a la imagen de Trump, lo que podría costarle la permanencia en la oficina más poderosa del mundo.

Richard Nixon había sido reelegido cinco meses antes de que estallara el escándalo de Watergate, esa no era su preocupación. El suyo fue el primer procedimiento de destitución televisado y como dijo en su momento la revista Vanity: “Se convirtió en la novela más vista en la televisión estadounidense”. Las principales cadenas de TV se repartieron la cobertura para poder transmitir otro tipo de programación. PBS, la televisión pública, transmitió durante 51 días las 319 horas que duró el proceso hasta que renunció el mandatario (antes de llegar a ser destituido) con un 24 % de aprobación. Por eso aquí el número que cuenta es el de la popularidad del mandatario en la plaza pública.

En ese sentido, a Bill Clinton no le fue tan mal. Había sido acusado de perjurio y obstrucción a la justicia, luego de un pleito por acoso sexual. Tras el procedimiento de destitución en su contra en 1998, logró su aprobación más alta con un 73 %. Al igual que Nixon, el impeachment fue durante su segundo período. Hoy la aprobación de Donald Trump está en un 47 %. Es muy pronto para determinar si las audiencias televisadas afectarán su reelección.

Yo sí me apunto para ver las audiencias en el Congreso en vivo. ¡A mí que me guarden puesto! Hacerlas públicas es lo ético, así no sirva para nada. Así no resulte en la destitución de Trump. Es garantizar que la opinión esté informada, en especial a la hora de votar. Es democracia. Si hubiese vivido en Washington en la era de Johnson, habría hecho fila por la boleta amarilla y la habría guardado para siempre. Es el recuerdo de que ni el más poderoso está por encima de su gente ni de su derecho a la verdad.

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2019-11-15T09:27:32-05:00

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¡Que me guarden puesto!

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