Por: Fernando Araújo Vélez
El Caminante

Que nadie sepa mi sufrir

Fui de los de aquella vieja guardia que se hicieron dentro del lema del “Que nadie sepa mi sufrir”, y cuando sufrí, me encerré en una buhardilla a escribir o a dibujar mamarrachos, o a mirar el verde de las hojas de los árboles que veía por la ventana, o a contemplar la nada, o a cantar, precisamente, “Que nadie sepa mi sufrir”. Nadie supo mi sufrir, no. Tampoco era necesario. Por el contrario, aislarme fue la más grande muestra de respeto hacia los demás, de respeto y de amor, si queremos hablar de palabras tan manidas, porque los demás no tuvieron que cargar con mis dolores. Ya tenían ellos suficiente con los suyos. Además, con un abrazo o una frase lastimera no iban a hacer otra cosa que hundirme más y más en mis lástimas, y entonces hubiéramos sido dos lástimas unidas por la vergüenza, y después del llanto y del lamento, dos seres incapaces de mirarse a los ojos.

Los valores de las viejas guardias me enseñaron a ser fuerte, duro, aunque a veces no lo lograra. Y fui lo más fuerte y duro que pude para que los que me rodeaban se agarraran de mí, para que juntos pudiéramos caminar, y en el caminar, descubrir el camino más que la meta. Ir en busca de más dureza se convirtió en una ley. Y decir lo duro, aunque me odiaran. Y mirar lo duro, aunque me dolieran los ojos. Y recordar lo duro y entenderlo, así fuera con el tiempo, como cuando mi madre me dijo que ella se sentía orgullosa de que su padre solo le hubiera dado dos besos en su vida, uno al nacer y otro el día de su boda. Fui duro para decir adiós, un adiós a media voz “y por tu bien”, y fui duro para decirle a una amiga embelesada por falsas victorias que el éxito nos hacía peores seres humanos si no lográbamos desentrañar a tiempo su veneno.

En esa dureza comprendí que hacerle un favor al otro era decirle “no eres capaz de hacerlo por ti mismo”, que los antiguos pobres vergonzantes eran más pobres por la pena de pedir que por la carencia de dinero, que la limosna era un insulto y condenar al limosnero a seguir pidiendo, y repetí miles de veces la frase de Jesucristo, “No les des un pez, enséñales a pescar”. En esa dureza, desde esa dureza, sonreí con ironía cuando empecé a leer textos y textos de rimbombantes psicólogos y gurús del nuevo milenio que aconsejaban llorar, y llorar en público y ser tiernos, lo más tiernos posible. Apenas hoy empiezo a ver las consecuencias de aquellos consejos.

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2020-02-15T18:30:00-05:00

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