Por: Héctor Abad Faciolince

Que no llueva, que no llueva

QUE NO LLUEVA, QUE NO LLUEVA, ES lo que le estoy rogando hace días a la Virgen de la cueva.

Cuando este periódico esté en sus manos ya se sabrá si llovió o no llovió en Bogotá, de siete a nueve, este domingo por la mañana. De este detalle (en una de las ciudades más lluviosas del mundo) depende que los 47 globos aerostáticos del alcalde Moreno, pintados por artistas locales con motivos patrióticos, puedan volar libremente o no por los cielos de la capital. Si llueve, los globos se quedan amarrados a la tierra y no se podrá hacer “el vuelo por la libertad”.

A mí me parece una insensatez que el alcalde Moreno se juegue su futuro político en esta ruleta rusa. Ya no es fácil perdonarle que se gasten tres mil doscientos noventa millones en tirar unos globos; pero si además del gasto, los globos ni siquiera pueden volar, el despilfarro sería imperdonable. Y si cae agua, en esta ciudad lluviosa, el vuelo libre se cancela. No se puede cambiar la hora a ver si sale el sol, por problemas de tráfico aéreo.

Otras cosas me desconciertan de esta iniciativa: los globos son hechos en otros países y traídos acá en alquiler. Los pilotos, noventa, hay que importarlos de Estados Unidos, España, Inglaterra y otras potencias menos colonialistas, como Brasil y México. Lanzamos, pues, las celebraciones de la Independencia, dependiendo por completo de la técnica extranjera. Pero en fin, no soy nacionalista. Y no me parece mal que seamos ineptos en anacrónicos vuelos aerostáticos.

Lo que sí es típico de nuestra idiosincrasia patria (y en ese sentido esta celebración es muy nuestra) es la tendencia al despilfarro. Nunca he comprendido la manía de tirar voladores que hay en los barrios populares; a duras penas tienen para comer, jamás hay plata para un libro, pero no falta el dinero para la pólvora ni para las bombitas de helio. Eso mismo me parecen estos globos: fuegos artificiales. Gastarse una fortuna en un vuelo de dos horas es un nuevorriquismo de mal gusto. Con $3.500 millones, francamente, yo hubiera construido un acueducto o un colegio. O si quieren algo simbólico, una pirámide con cripta para enterrar en ella a próceres y poetas. Al menos las pirámides no duran dos horas, sino dos milenios.

La izquierda gobierna la capital y su asesor en el Bicentenario es un poeta. Admiro mucho a William Ospina. Me parece un poeta grandísimo y un gran ser humano. Pero, ¿a quién se le ocurre que un gran poeta es también gran asesor en iniciativas públicas? Por algo Platón desterraba a los poetas de su país soñado. Yo no desterraría a William de la república, claro que no, pero sí del manejo de la cosa pública. Es más, creo que con iniciativas como esta se demuestra una vez más algo que siempre he pensado: que la izquierda (en la que me incluyo) no debe gobernar, sino soñar. Y hacer oposición, al lado de los poetas. No descarto que a veces se les puede incluso ocurrir un buen sueño. Pero cuando ellos mismos se ponen a realizarlos, la cosa casi siempre termina en pesadilla.

Me dirán que los recursos de los globos vienen de la empresa privada y que los privados se gastan la plata en lo que quieren. Estoy de acuerdo. Pero también es cierto que esos recursos no irán a financiar otras cosas como festivales, periódicos, libros, conciertos. Se irán en globos extranjeros. Definitivamente los empresarios —que suelen ser la derecha— tampoco deberían gobernar. Y fuera de los globos, hay otro gasto extra: cinco millones por cada artista pintor, y algunos repiten. Por una vez, me parece, y ya que el motivo es el Bicentenario, pudieron haberlos puesto a trabajar por amor a la patria.

No es por aguar la fiesta; ojalá no llueva, y ojalá estos globos tan caros puedan al menos volar sobre el cielo de Bogotá. Que se vean bonitos. Pero la próxima vez piénsenlo más despacio. Uno no se juega más de tres mil quinientos millones de pesos al cara y sello. Ni se deberían gastar en dos horas, en un país que no es rico, recursos tan cuantiosos.

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