Por: Cartas de los lectores

Que no se nos olvide, chamo

Un bus lleno de gente con lágrimas en los ojos, los que se quedan mueven las manos despidiéndose y esfuerzan sus ojos tratando de ver una última imagen de ese ser querido que se va, para atesorarla en la memoria y tener en ella un acicate que los ayude a levantarse todos los días, de esa manera trabajar contra todas las adversidades de un gobierno corrupto que ha sabido dejar en la pobreza a su pueblo. ¿Es una escena que se vive en Venezuela o en Colombia? No se puede distinguir porque la dictadura de Nicolás Maduro está generando el éxodo de miles de venezolanos hacia distintos países de Suramérica, principalmente Colombia. En Colombia, un desplazado de Tumaco, Buenaventura, San Vicente, Lejanías o Amalfi siente exactamente lo mismo que un venezolano al irse. Colombia es un país con varios países dentro. El campesino del Casanare, el indígena del Cauca y el afro del Chocó, cuando son desplazados de manera forzada, sienten que llegan a otro país al momento de pisar la terminal de transportes de alguna gran ciudad.

Puede que tengan algún conocido. El éxodo masivo de colombianos en el peor momento del conflicto interno logró crear vínculos familiares que hasta el momento prevalecen y les resultan muy útiles a quienes vienen de allá. Por parte de los colombianos, algún familiar que haya llegado antes a Bogotá o a Medellín es la salvación para algunas familias desplazadas; otros no tienen la misma suerte. Sin tener nada que hacer, es necesario subirse en los buses de transporte masivo para vender algunos dulces y así probar bocado, además de dejar algo para comprar la bolsa de mañana. Con el hambre apretando, tienen que trabajar como empleadas de servicio doméstico con sueldos que no alcanzan el salario mínimo, y malos tratos. La situación precaria de las grandes ciudades no distingue entre colombianos y venezolanos. La única diferencia es que a los segundos se les están empezando a endilgar todos los males de la nación, como si antes de la crisis venezolana habitáramos el jardín del Edén.

Es natural que la bolsa de empleo y los sueldos disminuyan cuando la mano de obra y la pobreza aumentan. También es normal que lleguen criminales en un desplazamiento que ya se alcanza a contar en cientos de miles. Sin embargo, no es justificable la ola de xenofobia que se puede sentir en algunos lugares. Por supuesto que hace las cosas un poco más difíciles, pero el sentido de humanidad debe sobreponerse. Es curioso que en un país tan golpeado por el desplazamiento tengamos tan poca empatía por quien sufre el mismo flagelo. Hay que estar en alerta. En las próximas elecciones serán expuestos por los políticos como el enemigo público, enarbolando falsas banderas de nacionalismo para obtener votos fáciles. Chile y Argentina, entre otros, reciben a diario colombianos en busca de oportunidades, como lo hicieron al otro lado del puente internacional Simón Bolívar hace unos años. Que no se nos olvide, chamo.

Luis Omar Betancourt Aguilar.

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