Por: Aura Lucía Mera

¿Qué nos pasa?

Los imagino paseando tranquilamente por La Rambla esa tarde fresca de final de verano. Mujeres, jóvenes, hombres, niños, turistas con sus trajes ligeros de algodón. Algunos de compras, otros simplemente deleitándose con ese olor a mar, en ese paseo majestuoso, enmarcado por árboles, que conduce a la Plaza de Cataluña y, un poco más allá, a la Barceloneta, para tomarse unas copas o degustar unas tapas, conversar y disfrutar de esas vacaciones tan planeadas y esperadas. Niños jalando del brazo a sus padres para comprar un helado. Tranquilos, desprevenidos, tal vez pensando en el programa de la noche, cuando se encienden las luces y la ciudad cobra un ritmo frenético de algarabía y vida.

Ninguno sabía que eran los últimos minutos de su vida y que la muerte enloquecida oculta en una camioneta los atropellaría a sangre fría. Conducida por un fanático vengador entrenado para matar y morir, dejando a su paso un reguero de sangre, dolor y espanto, truncando vidas inocentes, fracturando familias, esparciendo lágrimas y desconcierto.

La tarde tranquila se convirtió en segundos en un infierno. Cuerpos sin vida yacentes en el asfalto caliente. Zapatos y bolsos desparramados, gente corriendo, buscando un refugio, locales comerciales y restaurantes convertidos en trincheras. Gritos, ambulancias, escuadrones armados buscando al asesino, madres desesperadas con sus hijos en brazos, camillas levantando heridos, llanto, muerte, caos.

No sólo Barcelona. Europa se convierte en el blanco preferido de una minoría fanática que sólo busca sembrar terror y desconcierto. Pero no es Europa solamente. Los tentáculos ya cobraron sus primeras víctimas en un pequeño y tranquilo pueblo de Siberia.

El mundo entero se estremece. El Ku Klux Klan ataca de nuevo y enciende las antorchas del odio contra los que no son blancos. Trump trata de excusarlos porque fueron sus mayores electores. Corea del Norte amenaza con misiles nucleares. El Pentágono tiene sus cohetes en alerta. China protege a Venezuela. Los gigantes se muestran los dientes poseídos de una ira infinita.

Colombia no se escapa. La élite burguesa se indigna con el tratado de paz. Muchos prefieren que la sangre siga empapando el suelo patrio antes de aceptar que los guerrilleros de la Farc ingresen en la contienda política. Siguen polarizando al país sin importarles las consecuencias. Si al fin y al cabo son los campesinos los que seguirán poniendo los muertos. Y los campesinos no existen para las altas esferas.

El odio está incrustado en el corazón de la globalización. Lo único que importa es el poder económico y político. Estados Unidos se zarandea dirigido por un sociópata millonario. Oriente no perdona las intromisiones occidentales. Los organismos internacionales perdieron su autoridad, se convirtieron en eunucos burocráticos incapaces de hacer nada por detener este tsunami apocalíptico que está barriendo con todos los acuerdos para convivir en el respeto y zanjar diferencias de forma civilizada.

¿Qué nos pasó? ¿En qué momento perdimos los valores? ¿Dónde se extravió la cordura? ¿El enemigo es el otro, o somos nosotros mismos, que ya perdimos el norte?

Como reafirmó Barack Obama: nadie nace con odio, nadie nace racista ni xenófobo, nadie nace corrupto. ¿El dinero, el poder, el consumo, la competitividad, la ambición, la envidia y el vacío existencial nos ganaron la batalla? ¿Dónde escondimos la ternura, el amor, la honestidad, la alegría, la generosidad y el perdón? ¿Seguiremos leyendo en las noticias cómo asesinan civiles en las calles hasta que las víctimas seamos nosotros?

Posdata: bienvenidos todos los venezolanos que busquen una nueva oportunidad en este país hermano. No hay fronteras cuando se trata de tender una mano amiga desde el corazón.

 

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