Por: Juan Gabriel Vásquez

¿Qué pasa en Italia?

EN EUROPA ES USUAL VER QUE LOS políticos, desesperados por mantener su base o impotentes ante las fuerzas de la realpolitik, echen mano de las palabras mágicas para eliminar de un plumazo al adversario, y así ahorrar tiempo y esfuerzo.

Llamar al de enfrente fascista o racista es cada vez más fácil y se hace cada vez con más ligereza, y el resultado es que esas palabras y la historia que evocan han perdido valor de puro desgaste, y uno las encuentra desgastadas cuando de verdad las necesita.

Como ahora, por ejemplo, para describir el giro inquietante que está tomando esta Italia de Berlusconi frente al tema de la inmigración. Pues llamar racista o fascista al conjunto de propuestas de estos últimos días, lejos de ser una exageración, es casi una modestia.

El gobierno de Berlusconi, a través del ministro Maroni, se prepara para imponer a todos los gitanos, incluidos los niños, la obligatoriedad de registrar sus huellas digitales. Déjenme que lo subraye: la medida se aplica sólo a los gitanos. No creo que nadie recuerde en los últimos años un atentado tan directo contra el principio de igualdad de los ciudadanos ante la ley: aquí hay una ley que (subrayo) sólo se aplicará a un cierto grupo de personas, y el único criterio para aplicarla es (subrayo) la raza de esas personas.

No se puede ser más claramente racista, me parece a mí, al menos dentro de los confines del diccionario. Y aun así Alessandra Mussolini, presidente de la Comisión para la Infancia y además nieta del Duce, aunque no tenga la culpa de ello—, ha tenido el tupé de responder a las protestas llamándolas “intolerantes”. Las palabras sirven para todo.

He hablado de la igualdad, pero también se podrían mencionar otras víctimas directas de la propuesta de ley, y en particular una, el principio de respeto a la dignidad humana, que forma parte de la idea tradicional que Europa tiene de sí misma. Después de la Segunda Guerra, la reconstrucción de Alemania comenzó así: declarando que “la dignidad humana es inviolable”. No de otra forma se podía hacer frente al pasado nazi.

La disposición italiana establece que el otro, el gitano, es oficialmente peligroso; implícitamente, reconoce que hay un lazo directo entre raza y criminalidad, y que por ello hay una raza que debe ser digamos inventariada. Y no importa cuán intensa sea ahora la retórica gubernamental del es-por-su-propio-bien, nadie convencerá nunca al niño gitano de que no ha sido convertido, por voluntad estatal, en sospechoso potencial de un delito.

A eso se debe, sin duda, la poca resistencia que la sociedad italiana ha presentado frente a la medida: vivimos, para gran regocijo de algunos gobiernos, en la cultura del miedo. Lo de las huellas digitales es una nueva toma de temperatura a un movimiento generalizado en todo el mundo desde el 11 de septiembre: la guerra a muerte contra el hábeas corpus. El derecho al propio cuerpo: ¿alguien sabe ya en qué consiste esto, una de las grandes conquistas de los derechos humanos?

Consiste en la separación de lo público y lo privado, donde el Estado, que es lo público, nunca puede abusar del cuerpo, que es lo privado. No se puede tener a un cuerpo en prisión sin cargos y sin abogados. No se puede hacer el censo de unos cuerpos determinados por razón de su raza. La última vez que se vio un censo similar en estos lados, no se trató de gitanos y huellas dactilares, sino de judíos y estrellas amarillas. ¿Se da cuenta de esto Italia? ¿O será que exagero y en realidad no es para tanto?

 

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