Por: Arlene B. Tickner

¿Qué pasa en Siria?

No cabe duda de que el régimen de Bashar al-Assad en Siria es antidemocrático y represivo.

Tampoco se puede disputar que en 16 meses el conflicto sirio ha cobrado un número alarmante – hasta 18,000 -- de vidas. Sin embargo, la presión creciente de “hacer algo” ha obstruido una reflexión más balanceada y crítica sobre lo que pasa en Siria, así como sobre los intereses distintos que allí se juegan.

La primera ficción es que la población entera se opone a Assad y respalda a una única “oposición”. Al contrario de países como Egipto y Libia -- en donde hubo un rechazo mayoritario a Mubarak y Gadafi – el régimen sirio todavía goza de apoyo entre algunos sectores, incluyendo las elites de negocios y las minorías étnico-religiosas. El Consejo Nacional Sirio (CNS), representado en los medios como la principal coalición opositora, está compuesto básicamente por exiliados que han buscado remover a Assad del poder desde antes de la primavera árabe, siendo también el defensor principal de la intervención militar extranjera. Al lado de esa oposición hay otra de carácter local, democrático y pacífico, que se agrupa dentro del Comité Nacional de Coordinación, y que favorece el diálogo por encima del conflicto y la injerencia internacional.

El brazo armado del CNS, el Ejército Libre Sirio, congrega a casi 100 grupos armados distintos, algunos no nacionales, y opera de forma descoordinada. Aunque el difícil acceso a las zonas de combate impide saber quién es más responsable por cuáles actos violentos contra la población civil, hay creciente evidencia de que tanto las fuerzas oficiales como las de la oposición – que están siendo armados por Arabia Saudita y Qatar y entrenadas por Turquía y Estados Unidos – están perpetrando las atrocidades.

La segunda ficción se relaciona con el papel de la mal llamada “comunidad internacional” en el conflicto. Desde hace meses EE.UU. ha apoyado abiertamente un cambio violento de régimen. Entender su posición exige tener en cuenta la ubicación geográfica de Siria – que comparte fronteras con Israel, Irak, Turquía y Líbano – y su relación con Irán. Tanto la inestabilidad política en Siria como la alianza entre Damasco y Teherán son consideradas fuentes de amenaza para los intereses estratégicos estadounidenses. El temor por el cambio en el balance de fuerzas en Oriente Medio es compartido por otros países occidentales (incluyendo a Israel), estados no democráticos de la zona preocupados por el aumento en la influencia chiita (que ocupa el poder también en Irak), y Turquía.

Por su parte, la oposición de Rusia (y China), que han vetado varios intentos del Consejo de Seguridad de la ONU de aumentar su rol en Siria, obedece no solo a su rechazo sistemático a cualquier medida intervencionista, sino más importante aún, al hecho de que la relación rusa con Siria es fundamental para sus intereses geopolíticos y comerciales en Medio Oriente.

Mientras que Washington siga apostando a la caída inminente de Assad – no por tirano sino por aliado de Irán y Rusia -- la “oposición” se sienta empoderada por el respaldo internacional, y Rusia y China se opongan a cualquier tipo de injerencia, el único papel constructivo que podría jugar el mundo – insistir en un cese al fuego para reducir la violencia y promover el diálogo y la reforma democrática -- será poco factible.

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