Por: Mauricio Rubio

¿Qué pasaría si desaparece Uribe?

A veces me pregunto por qué, para descansar, Uribe no se esconde en un lugar inaccesible. Con la especulación política tan en boga, trataré de imaginar qué ocurriría si lo hace.

Según la derecha, las Farc lo secuestraron y está en Venezuela. La Bachelet insiste que allá no hay prisioneros políticos y menos expresidentes retenidos. La izquierda asegura que se refugió en Palacio, en contacto directo con el subalterno y con sofisticado equipo para chuzar comunicaciones: prepara la reelección indefinida del pupilo favorito, un minucioso complot concebido hace años.

Sigilosos sabuesos de Daniel Coronell desvirtúan ambas hipótesis. Sin conocer la Antioquia profunda ni sus escondederos no proponen otras. En la columna más leída en décadas, el periodista prosecutor anuncia sequía de tópicos taquilleros. Por compromisos adquiridos con su staff multinacional ya no será partner de quienes lo echaron para rogarle que volviera. Con similar desasosiego, cantidad de columnistas piden licencia para desintoxicarse y recuperar la costumbre de escribir cambiando de tema. Twitter y Facebook examinan la abrupta caída de cuentas.

A pesar del desconcierto, la vida continúa. PIB, IPC, exportación de aguacate, violencia machista, entre muchas variables, mantienen sus tendencias. Sin la principal baza para aclarar la guerra, la JEP pierde dinamismo. Según el NYT el Estado de opinión y la posverdad fenecieron en Colombia. Semana asegura que ya lo sabía.

Ante el déficit de columnistas, las universidades vuelven a ser formadoras de opinión. Escasas de matrículas y megaproyectos posconflicto, renuevan programas y bajan el nivel de las decanaturas. Divulgan escritos y videos divertidos pero con cierto rigor. Una asociación que agrupa grandes medios las entutela por competencia desleal. La Pulla calla.

Varias facultades emprenden el revisionismo del conflicto que sin liderazgo visible ya no implica hacer trizas la paz. Al tradicional énfasis rural se suman cursos de criminología, narcotráfico, antropología forense, delincuencia juvenil, historia del M-19, guerra fría y hasta etología para entender la fauna de rebeldes, mafiosos y sicarios que arrinconaron las instituciones con plomo, plata y sexo. Se estudian vínculos entre prostitución, crimen organizado y corrupción. Políticos, militares, magistrados y feministas protestan.

Para decidir si eliminan o fusionan departamentos, las facultades de derecho analizan si la Magna Carta, estructura legal suprema, con justicia expedita y jurisprudencia impecable, permitiría que el derecho constitucional fagocite otras especialidades. Ya sin riesgo de parecer títeres, admiten que lo procedente sería formalizar una sola corte de cierre, que ya existe. Organizan diplomados sobre “Indemnizaciones restaurativas” y “Defensa ante la JEP”. Los constitucionalistas responsables de los cursos –solo hombres a pesar de trinos feministas- no los dictan por el cúmulo de trabajo en tribunales de arbitramento por pleitos urbanos, comerciales y un sinfín de asuntos tan pedestres como lucrativos. Litigantes que pagaron millonarias inscripciones por ese know-how recurren a una acción de cumplimiento. La fundación organizadora les niega el reembolso.

La debacle a la derecha no disminuye las denuncias de Rosa Blanca y algunas universidades finalmente las invitan. Victoria Sandino y sus aliadas se amotinan. Un seminario de género celebra el silencio de esa fuente de mansplaining y autoriza el término “no heterosexual”. Utilizado por Él, ese eufemismo favorecía el odio contra sectores excluidos. Colombia Diversa advierte que aumentarán los crímenes de odio.

Con datos municipales de homicidios e intervalos de confianza conservadores se estima el impacto del Acuerdo sobre la violencia. Analistas progres insisten que contar pacientes del Hospital Militar es un indicador infalible. Las previsiones sobre crecimiento sectorial posconflicto se calibran cuantificando beneficios. La pazología revira: debatir con palabras en lugar de balas no tiene precio. Economistas fajardistas modelan matemáticamente la relación causal entre desigualdad y violencia. Petro convoca la Resistencia contra metodologías neoliberales deshumanizantes.

Claudia Morales aclara que el desaparecido nunca la violó en un hotel. Se ofrecen cursos sobre “Cómo denunciar agresiones sexuales” y “Testimonios mediáticos no militantes”. La franquicia del #MeToo patalea. Ante la hecatombe electoral, alfiles de la derecha dictan talleres de poesía política greco caldense. Estudiantes rechazan el regionalismo excluyente. Recién posesionado como rector, Alejandro Gaviria organiza un seminario sobre aspersión aérea abordando dilemas entre salud pública y cultivos ilícitos para la política de drogas. Moisés Wasserman, moderador, deja colar a María Isabel Rueda a la mesa. Gaviria sale para una tertulia con existencialistas y nadie concluye nada.

Una politóloga sueca recuerda que democracia es diversidad y que personas de cualquier género o ideología pueden expresarse y votar como les parezca. No entiende las rechiflas. La JEP inaugura otro baño multigénero. La comunidad trans y el Centro Democrático aplauden la medida: se sospecha que infiltraron esa corte con fines electorales. Santrich anuncia su entrega.

Atormentado por tanta confusión y descontento, Uribe abandona su laberinto antioqueño y aparece en misa. Coronell lidera el entusiasta retorno de columnistas. Los delfines comercializan una app para leer fotos de la prensa impresa sin pagar suscripción. Vuelve la rutina estable y duradera.

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