Por: Orlando Mejía Rivera

¿Qué pasó al fin?

En 2009 la directora de la OMS, Margaret Chan, declaró ante el mundo la aparición de una pandemia por el H1N1.

Las recomendaciones de los expertos llevaron a que los servicios de salud de todos los países compraran millones de dosis de los antivirales producidos por Roche y GlaxoSmithKline.

La evolución de la pandemia mostró que su mortalidad estaba muy por debajo de la patogenicidad habitual de las cepas estacionales por influenza. Lo primero que me llamó la atención fue la insistencia de los medios en afirmar que estábamos ante “un nuevo virus”. Era obvio que no. El virus H1N1 fue identificado como el responsable de la gran pandemia denominada “gripa española” que se inició en 1918. Ahora bien, lo que se encontró en 2009 fue una cepa nueva de H1N1, que significa una “variación menor”. Nunca una variación menor ha producido una gran pandemia. De hecho lo que sucedió fue predecible pues sólo los nuevos virus representan una “variedad mayor” antigénica y la población expuesta no posee defensas adquiridas ante ellos.

Las críticas acerca de que la OMS se había equivocado eran muy polémicas entre la comunidad científica. Los rumores de que los intereses económicos de las multinacionales que producen los antivirales presionaron a la OMS venían siendo negados. Sin embargo, en el 2010 la revista médica British Medical Journal publicó La OMS y las “Conspiraciones” de la pandemia de la Influenza. El artículo demostró los vínculos entre Roche y GlaxoSmithKline con los expertos que asesoraron a la OMS en la declaración de la pandemia. Los expertos recomendaron la declaración de la pandemia y la compra de los antivirales siendo investigadores financiados por dichas multinacionales. Además, en los documentos que han escrito y publicado para la OMS no se hizo explícito el conflicto de intereses que ellos tenían. Hecho que viola la declaración mundial de Ginebra (2002).

Pero el asunto se remonta hacia atrás: en 2009 la OMS decidió suprimir la siguiente frase de su definición clásica de “pandemia”: “brote que causa un número enorme de muertes y enfermos”. Por ello, un mes después la doctora Chan declaró la pandemia y se sigue justificando hasta hoy: el escaso número de muertos y enfermos ya no es criterio de la ausencia de pandemia. De otro lado, el estudio demostró que desde 1997 las recomendaciones para la influenza fueron escritas por científicos vinculados a Roche y GlaxoSmithKline y ello explica la incorporación del uso de los antivirales como tratamiento, a pesar de que investigadores independientes afirmaron que no existían estudios contundentes que demostraran que estas drogas eran superiores a los placebos.

La respuesta de Chan fue cínica: reconoció que las relaciones entre la industria farmacéutica y las recomendaciones de la OMS existían y que era algo inevitable, pero nos quiso hacer creer que ello no implicaba que las decisiones fueran sesgadas. Ahora se entiende mejor la persecución de Chan al manizaleño Germán Velázquez, uno de los pocos funcionarios de la OMS que se atrevió a poner en duda la objetividad científica de la pandemia. El apoyo que ha tenido Chan por parte de la propia ONU y del gobierno norteamericano demuestra que la infiltración económica de las multinacionales farmacéuticas ha llegado a unos niveles de poder inimaginables. De manera afortunada la Comunidad Europea empezó a cuestionar la idoneidad de la directora de la OMS y como concluyen los autores del artículo: “Nuestra investigación ha revelado que las grandes víctimas del H1N1 han sido la credibilidad de la OMS y la confianza en el Sistema de Salud Pública mundial”. La gravedad de esta sólida denuncia fue una devastadora bomba atómica para la independencia de la medicina científica de este siglo XXI.

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