El país de las maravillas

Qué pena desilusionarlos

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Si no fuera porque el drama y la amenaza siguen, sería como para celebrar. Que los modelos y las proyecciones por escenarios del número de muertes y contagios por la pandemia en nuestro país estén lejos de cumplirse, por ahora, sería un hito en el proverbial determinismo que nos ha hecho llegar tarde y mal a todas las citas con la historia.

Que por primera vez, y ante el reto más grande de la humanidad, medidas promovidas por gobiernos locales y participación de mayorías ciudadanas, a pesar de la desidia del Gobierno Nacional, estén dando resultados por encima de lo esperado podría ser señal de que, aun en medio de la crisis, es posible hacer de nuestras vidas destinos.

Por eso es inaudito que haya quienes desde sus curubitos ahora se lamenten de tales medidas porque los pronósticos no se han cumplido. No entienden, como en las religiones, que a veces las profecías no están hechas para que se cumplan, sino para que no se cumplan. Se deshacen en crueles ironías sobre fechas, duración y rigor de la cuarentena, como añorando cifras más espectaculares y como si no estuviéramos hablando de vidas humanas salvadas, así no sea posible esgrimir datos exactos como argumento.

Para colmo, invocan inmediata y total apertura económica, mientras alistan acusaciones contra algunos alcaldes y gobernadores, que se cuentan entre los pocos, con el cuerpo médico y personal de ayuda, que pueden conciliar el sueño con la conciencia tranquila.

Aun si el riesgo hubiese pasado, el saldo en entrenamiento profesional, la nueva y necesaria aunque aún escasa infraestructura médica, y la conciencia generalizada del cuidado serían argumentos para controvertir la desilusión de los profetas del desastre. Pero estamos lejos de haber superado la parte crítica del contagio, especialmente por el neonegacionismo de la gravedad del virus. Las cifras crecen y, para satisfacción de quienes esperaban más dolor y muerte, la promocionada curva apareció y va a pasos agigantados.

Solo faltan que digan que todo era mentira. Tristemente, como lo señala la OMS, ahora la mayor amenaza es la complacencia.

www.mariomorales.info y @marioemorales

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