Por: Nicolás Rodríguez

¿A qué remiten las Bacrim?

No hacen daño las palabras de aliento del obispo de Montería, Monseñor Julio César Ortiz, quien lidera la posible entrega de 5.000 miembros de las denominadas Bacrim.

Aunque a muchos críticos del proceso con los paramilitares la escena les resulta conocida, oír que se habla de paz (así no sepamos cómo, para cuándo o con quién) es una buena noticia.

Significa, de entrada, que la guerrilla perdió el monopolio de la guerra. Y aunque nadie celebra que ahora no sean dos (guerrilla y paramilitares) sino tres (los mismos más las bacrim) los actores que desestabilizan, aceptar que los retos no terminan en el anunciadísimo principio del fin de las Farc ya es un cambio.

Desafortunadamente, lo que no está claro es el porqué de las mismísimas bacrim. A los que en el fondo les gustaría que estuviésemos únicamente ante paramilitares reencauchados, para así justificar sus objeciones, les incomoda, evidentemente, que se diga que se trata de delincuencia común.

Y lo mismo al revés, no obstante el que sea más o menos evidente que las bacrim, cuyo impreciso nombre el gobierno logró institucionalizar, tienen de lo uno y de lo otro. A alias Cuchillo, por ejemplo, uno no se lo imagina defendiendo sindicalistas. Por el contrario, sí se le ve protagonizando alguna de las “alianzas diabólicas”, con las Farc, de las que habla con alegría el gobierno (cuya preocupación, mejor, debería ser la de evitar una bandolerización de las bacrim).

De ahí lo sombrío del presente: las bacrim, que son hijas directas del narcotráfico, nos recuerdan todo lo malo de lo que ya pasó pero sigue ahí. Son una expresión armada (y humana) de la degradación, una metáfora, por supuesto macabra, del largo tiempo que ha pasado sin un punto final para el conflicto. De ahí que se discuta la llegada de una "plaga", de "el nuevo enemigo", "la pesadilla" o "las impulsoras del terror".

Tal vez por ello es que el Estado, que bautiza a sus peores críos sin demasiada participación ciudadana, sin hacer de ello un gran debate, no encontró otro alias mejor que el de “bandas criminales”. Así, a secas.

Y entonces llegamos de nuevo al sapo que nos invita Monseñor Ortiz a tragarnos, con el argumento, bastante viejo, de que esta no es una negociación sino un sometimiento ante la justicia. Habrá que creerle. Pero ya es hora también de pensar en cómo hacer para que a las bacrim no les sigan, después, otra generación de (¿neo?)criminales que comen con las guerrillas, portan en sus escudos las imágenes de los héroes del paramilitarismo y se alimentan del narcotráfico, porque a esos también tendremos que engullirlos.

Habrá que hablar de negociaciones mal hechas, de pobreza, juventud y marginalidad (si no es que de legalización de las drogas). Habrá que hablar, pues, de historia.

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