Por: Carlos Granés

¿Qué revelan hoy los premios en la cultura?

Parafraseando la vieja frase del Manifiesto comunista, podría decirse que un fantasma recorre los campos culturales en Occidente. Acecha en el arte, en el cine, en la música, en la literatura, y aunque por lo general es difícil de percibir, hay instantes en los que gana contorno y se hace aprehensible. Esos momentos son las premiaciones con las que cada campo cultural se celebra a sí mismo y elige, entre la marabunta inasimilable de creaciones, aquellas que merecen especial atención del público.

Entre las películas finalistas a los Óscar de 2019, por ejemplo, había tres que abordaban temas raciales; una sobre el servicio doméstico mexicano; otra sobre un inmigrante de Zanzíbar, homosexual y enfermo de sida que triunfa en la música, Freddy Mercury, y una más sobre el poder y las relaciones lésbicas en la corte de Ana de Gran Bretaña. La ganadora, Green Book, contaba la predecible historia de un italoestadounidense que supera sus prejuicios racistas y se hace amigo de un músico negro.

Otro ejemplo. La Bienal de Venecia, que acaba de abrir sus puertas, otorgó el León de Oro al pabellón de Lituania por una performance que aborda uno de los temas más recurrentes en el arte actual: el cambio climático. El premio a la mejor obra individual lo ganó el artista afroamericano Arthur Jafa por White Album, una película ensamblada con trozos de vídeos musicales, clips virales y otras imágenes recicladas, que examina la experiencia de la población negra de Estados Unidos y el racismo que circula en los medios de comunicación.

La música no se queda atrás. El Festival de Eurovisión, emitido hace una semana, cumplió con los pronósticos y premió a Duncan Laurence, un joven holandés que la prensa presentó como una víctima del acoso escolar que encontró refugió en la música. El segundo puesto fue para el representante italiano Mahmood, hijo de padre egipcio, que llegaba al Festival arrastrando la polémica que ocasionó un tuit del xenófobo ministro del Interior Matteo Salvini, en el que revelaba su malestar por la elección de tan heterodoxo candidato como representante de Italia.

Y un ejemplo más, este del campo literario. El Man Booker International Prize, un importante premio que selecciona las mejores novelas traducidas al inglés, tuvo como finalistas a cinco mujeres y a un solo hombre, un hecho sin precedentes, que culminó hace tres días con otro hecho excepcional. La ganadora fue Jokha Alharthi, una escritora de Omán.

¿Cuál es entonces ese fantasma que gana visibilidad cuando se seleccionan las obras que deben acaparar la atención del público? Parece claro. Ese paradigma que expresa una preocupación o una especial sensibilidad por las identidades minoritarias, el medio ambiente, la reivindicación de la mujer y de las víctimas de cualquier abuso, y que hoy conocemos como corrección política. El mundo de la cultura ha absorbido este discurso y ahora planta cara a las inequidades, a los estupros y a los males del mundo. La cultura se ha vuelto buena, bienintencionada. Sigue premiando la calidad artística, pero ese elemento, por sí sólo, ya parece no ser suficiente. El arte, de alguna forma, debe ser ejemplar.

Y mientras tanto, los políticos ultras —Trump, Bolsonaro, Salvini, Orbán— triunfan burlándose de todo esto.

862283

2019-05-24T00:00:56-05:00

column

2019-05-24T00:15:01-05:00

[email protected]

none

¿Qué revelan hoy los premios en la cultura?

45

3462

3507

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Carlos Granés

La poesía nazi en América