Por: Álvaro Restrepo

¿Qué se hicieron los gamines?

Las hordas de niños guerreros (las llamadas galladas) que durante mi infancia y juventud poblaban las calles de Bogotá ¿han desaparecido? ¿A dónde se han ido? Algunos me dicen que los ñeros de hoy son los gamines de ayer... que ya crecieron... Pero, ¿y los relevos? ¿Los recogen? ¿Los esconden? ¿Los exterminan como en Río? ¿Ya no hay niños abandonados en las calles?

Aprovecho esta reflexión para rendir un homenaje a quien fuera uno de mis principales maestros: el padre Javier de Nicoló. Estaba en mora de hacerle este reconocimiento: puedo afirmar, sin temor a exagerar, que lo que hoy hago en El Colegio del Cuerpo se lo debo a este sacerdote italiano salesiano, apóstol de los niños EN la calle. Y enfatizo la preposición EN pues hablar de los niños de la calle (un “chino” de la calle) es minimizar el drama de la niñez abandonada. Los colombianos (y en especial los bogotanos) nos habíamos acostumbrado a ver a estos infantes como parte del paisaje urbano y de la picaresca folclórica: los huecos, los semáforos, los carros, las calles, los perros, los edificios... y los gamines. Una fauna natural e inevitable. Raponeros, mendigos, marihuaneritos, oliendo Bóxer, cubiertos con su manta maloliente, el pelo empegotado y seguidos por sus perritos, que les proporcionaban calor en las heladas y encharcadas noches bogotanas. ¿Qué se hicieron los gamines?

Conocí a Javier de Nicoló en el Urabá antioqueño a finales de los años 70 siendo yo un desubicado estudiante de Filosofía y Letras... Había huido de la civilización hacia Capurganá, donde me había conseguido un trabajo de profesor de escuela, cuando me llegó el mensaje de que el padre Javier me estaba buscando: alguien le había hablado de esa alma en pena que yo era en ese entonces y me ofreció trabajo en la finca El Tolo en Acandí. Recientemente el ICBF se la había donado (¡300 hectáreas!) para que montara un centro de reeducación de muchachos. Me quedé allí seis meses con un hombre extraordinario que había sido policía juvenil y a quien apodaban “Papá López” y con 30 jóvenes, ya en proceso de resocialización, con quienes iniciamos las tareas de “colonización” de la finca. Las diferentes trochas que fuimos abriendo para bajar madera de los aserríos, con la que se inició la construcción del campamento, los muchachos las bautizaron La Caracas, La Décima, La Jiménez, etc., como una forma de no perder sus referentes en medio de un paisaje completamente ajeno para ellos. El padre Javier soñaba con que en este hábitat natural, lejos de las amenazas y las tentaciones de la ciudad, los muchachos se alejarían de la droga y de las malas compañías... Con lo que no contaba era que la marihuana más fina y más potente crecía silvestre en grandes arbustos en las esquinas de La Caracas, La Décima y La Jiménez... Los muchachos me decían: “¡Cucho Álvaro! (viejo... en ese entonces yo tenía ¡23 años!), se consigue aquí la mejor bareta... ¡y gratis!”. Yo, que en esa época me fumaba mis porritos, no podía admitir frente a ellos mi alegría y con Papá Lopez debíamos confiscarla y proceder a ¡la erradicación manual de los cultivos! Al cabo de ese periodo decidí que debía regresar a Bogotá, para conocer in situ la problemática de estos niños, con quienes me fui poco a poco encariñando. Me integré y me interné como “educador de vivienda” en una de las casas del proyecto, llamada Bosconia, en la calle 8, entre carreras 10 y 11, ¡una olla tremenda! Mi labor consistía en recorrer durante el día las calles del centro de Bogotá para detectar y ubicar galladas y por la noche acompañar en los dormitorios a aquellos muchachos que ya habían aceptado entrar en el programa. A veces salíamos en la madrugada, con una brigada de educadores, para despertar y sorprender en sus cambuches a los niños y ofrecerles chocolate caliente y almojábanas. En esas incursiones nocturnas aprovechábamos para hablarles a los chicos sobre lo que el padre Nicoló les proponía, si aceptaban entrar a alguna de las muchas casas del programa. Algún día escribiré la crónica de esos dos años de aprendizaje humano tremendo, así como la historia de José Leonardo Serrano Pineda, un niño de 7 años, originario de la Mesa de Los Santos, Santander, a quien encontré con su perra lassie en los sótanos de la Jiménez, la verdadera Jiménez, y a quien terminé adoptando durante un año y medio.

Ya el padre Javier se ha ido de este mundo. Idipron, el instituto distrital que dirigió durante años para proteger a la infancia abandonada (los niños EN la calle), pensionó de mala manera a este cura italiano —¡un coloso humano!— con la proverbial ingratitud de los colombianos. Si hoy no vemos galladas de gamines pululando en las ciudades colombianas y volviéndose delincuentes ante nuestros ojos indiferentes, en gran medida se lo debemos a este filósofo, teólogo y matemático, nacido en Bari, que nos iluminó con su ejemplo y con su amor visionario y solidario.

* Director del Colegio del Cuerpo.

 

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