Por: María Elvira Bonilla

Qué será lo que tiene el negro...

OBAMA ES NEGRO, PERO NO RACISTA. No carga rabias, ni resentimientos.

A Michelle, su esposa, le corre sangre esclava por sus venas pero sabe sonreír, limpiamente; sin deudas históricas ni cuentas pendientes.

No anidan en sus corazones el sentimiento de venganza o el revanchismo. Obama, como lo dijo en su inolvidable discurso contra el racismo en Filadelfia que le generó apoyos tan simbólicos como el de Edward, Caroline y Patrick Kennedy, Bill Richardson y John Edwards, quiere retomar la senda y el espíritu de la gran marcha, que en algún momento se desvió, para construir unos Estados Unidos más equitativos, más libres, más solidarios y más unidos. Un país capaz de recuperar la generosidad y la decencia perdidas, como dice Obama.

El suyo es un discurso dirigido al alma de la condición humana, alejado de las frías estadísticas y de las promesas electorales vacías y generalmente mentirosas. Con una elocuencia inspiradora que derrota el pragmatismo inmediatista e invita a construir sueños, le ha devuelto la esperanza a la política.

Una política con ideas y propósitos colectivos, que ha despertado un entusiasmo perdido, especialmente entre los jóvenes, planteándoles el desafío de superar su egoísmo juvenil y entender su futuro personal atado al de la nación y éste a la suerte política del país. Y lo consiguió. Hoy creen mayoritariamente que el cambio es posible, como dice el lema de su campaña. Un cambio en el que deben participar todos los ciudadanos, pero muy especialmente los jóvenes.

Fueron ellos, los menores de 30 años, los que colocaron a Obama en el camino hacia la Presidencia. Muchachos apáticos que nunca habían votado o escuchado un discurso político. Los mismos que en Francia le arruinaron la carrera política a Dominic de Vilepan oponiéndose a su reforma educativa; los mismos que han enfrentado valiente y exitosamente a Hugo Chávez en Venezuela y que en Colombia convocaron a la masiva marcha del 6 de marzo contra las Farc.

Son 10 millones los jóvenes colombianos que esperan su momento para creer en esa política no la pequeña y mezquina de la milimetría y el manzanillismo electorero, de las prebendas y la inmoralidad, la de las Yidis, Teodolindos y parapolíticos, la de la corrupción. Jóvenes que están listos para empezar a actuar.

Para hacerse sentir en contra de un Congreso desgastado e ilegítimo, francamente autista frente a la rabia y el rechazo del país. Jóvenes que quieren que los oigan tranquila y respetuosamente, sin la soberbia adulta de padre autoritario con que el presidente Uribe los descalificó en Cartagena por disentir, sino con la seriedad de un líder comprometido auténticamente con su futuro.

Los jóvenes colombianos tampoco apoyan la guerra ni el armamentismo y no quieren seguir siendo carne de cañón por cuenta del servicio militar obligatorio. Están con la vida y por la vida, la naturaleza, la creación. Tienen sueños. Esperan la voz que los interprete y que les digan como Obama a los norteamericanos: llegó el momento para que por encima de las diferencias unamos nuestras fuerzas para lograr un día mejor y nuevo para América. Es el día que Colombia también reclama.

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