Por: Columnista invitado

Qué tan bajo ha caído Estados Unidos

Por Roger Cohen

Ridgway, Colorado. Es distinto en el oeste. Es más fácil estar en contacto con parte de la esencia de lo que es Estados Unidos. El espacio, con su inmensa quietud, tan alucinante, habla de las posibilidades en el país. El territorio sin límites invita a la reinvención y al individualismo irritable. Aquí en Colorado, el estado púrpura, dividido entre los amantes de las armas y los amantes de la marihuana legal, la vena libertaria es sólida.

Ese es el pedazo de Estados Unidos que al resto del mundo más se le dificulta imaginar. ¿Por qué el desprecio a los donativos, igualar el sistema de salud universal con el socialismo, la obsesión con la autosuficiencia, el rechazo a reconocer que una abundancia de armas provoca una abundancia de tiroteos masivos? Desde luego, una Europa atestada y herida busca solidaridad en nombre de la estabilidad, mientras que Estados Unidos con sus espacios abiertos adopta el derecho a que te dejen en paz (por lo menos hasta que necesites Medicaid) y el derecho a la siguiente frontera, sin importar sus riesgos.

Dije que es distinto en el oeste. Pero no es tan distinto; es solo que ahí se ve más claramente lo que representaba el país en su autoimagen mitificada, qué significaba ser estadounidense, qué significaba aspirar a una medida nueva y ejemplar de libertad, y qué tan bajo ha caído la situación para producir a un presidente como Donald Trump.

Ninguna parte del país actualmente es inmune a la fractura estadounidense de las guerras escuálidas de Trump, a las confrontaciones culturales respecto de la identidad, el género y la raza, a los efectos de los ingresos estancados a lo largo de décadas o al narcisismo de la modernidad.

En un estado púrpura, a diferencia de Brooklyn, Nueva York, o Palo Alto, California, estas diferencias se traslapan. Hay diálogos que rebasan límites ideológicos. Grand Junction, en el oeste de Colorado, votó por Trump en las últimas elecciones. Ahí, hablé con Robert Babcox, un pastor que elogió al presidente por apegarse a sus promesas de campaña y “por toda su valentía” para resucitar la economía.

Babcox dijo que la prohibición de tener cargadores de alta capacidad que contengan más de 15 cartuchos, un proyecto que se hizo ley con la aprobación de John Hickenlooper, el gobernador demócrata con aspiraciones presidenciales, era “una ley boba”. El pastor dijo que podía conducir hasta atravesar la frontera de Utah, cerca de ahí, y comprar un cargador de alta capacidad.

Dijo que la Segunda Enmienda se diseñó para crear una milicia “igual al gobierno para asegurar la autosuficiencia”, y que, por lo tanto, la prohibición de los cargadores debería revocarse. “Si puedo limitar el tipo de armas que alguien puede comprar, ¿por qué no sería capaz de controlar lo que puedes decir sobre mí bajo la Primera Enmienda? Cuando ponemos en peligro un derecho, hacemos lo mismo con los demás”, comentó.

Las palabras no matan, le dije. Algunas cosas son peores que la muerte, me respondió. Así que le pregunté: ¿Trump es grandioso? No, contestó el pastor. Solo confía en Trump “hasta cierto punto”. Alguien debería quitarle el celular, dijo. Los estadounidenses pueden unirse, agregó, alabando a John F. Kennedy. “Yo serví en la Marina”, dijo. “Vi a muchas personas que murieron antes de tiempo… blancos, negros, hispanos. Todo me afectó de igual manera, y de todos emanaba sangre roja, y esa lección se quedó grabada en mi mente”.

La cuestión con todas las revelaciones impactantes de Trump —la más reciente es la que proporcionó Michael Cohen acerca de la violación de las leyes de financiamiento de campaña al darles dinero a dos mujeres para acallarlas en coordinación con un “candidato a un cargo federal”— es que ya son parte de la imagen de Trump. Sus simpatizantes, decenas de millones de ellos, nunca tuvieron ilusiones. No he conocido a ninguno, incluido Babcox, que no tuviera una imagen clara de Trump. Siempre han sabido que es un narcisista necesitado, mujeriego, canalla, fanfarrón y, en general, un ser humano miserable. Por eso el video de Access Hollywood o la declaración de que podría dispararle alguien en la Quinta Avenida no acabaron con su candidatura.

También por eso debe verse con preocupación el deseo de creer que ha llegado el momento en que todo comienza a desbaratarse. Claro, Trump suena más desesperado. ¿Pero quién es el ejecutor cuando Trump viola la ley? Es el Congreso… y hasta que las cosas cambien ahí (lo cual podría suceder en noviembre) o los republicanos por lo menos abandonen su política de oportunismo basado en ignorar estas violaciones, Trump superará la tormenta.

Hay una pregunta más profunda, que regresa al extraordinario paisaje occidental y la gran idea estadounidense consagrada en él. Los estadounidenses eligieron a Trump. Nadie más lo hizo. Se rebajaron a su nivel. Los hombres blancos cristianos que perdieron su lugar en el orden social decidieron que harían cualquier cosa para salvarse, y mandar al caño la moral. Hicieron un pacto con el diablo de manera totalmente consciente. La verdadera pregunta es esta: ¿qué significa ser estadounidense hoy? ¿Quiénes somos, carajo? ¿En qué nos hemos convertido?

Trump fue un síntoma, no una causa. El problema es mucho más profundo que él.

Para William Steding, un historiador diplomático que vive en Colorado, el individualismo estadounidense se ha convertido en narcisismo; la perfectibilidad, en legitimación y el sentirse excepcional, en arrogancia. Eso y más es el origen de la malignidad insidiosa de Trump. No la extirparemos de la noche a la mañana.

(c) 2018 New York Times News Service.

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