Por: Francisco Gutiérrez Sanín

¿Qué tanto engañan las apariencias?

Decir que no todo es lo que parece no necesariamente es un pretexto para presentar una carnuda teoría de la conspiración. A veces es verdad que las fronteras, que se supone separan muy clara y formalmente fenómenos contrapuestos —digamos, asco y aprobación, rechazo y entusiasmo—, se vuelven bastante borrosas.

Miren lo que me pasó. Me monté a un taxi. El conductor, un don Rodrigo, estaba ya bien entrado en años. Cuando me recogió hablaba por celular con un compañero. Evidentemente, estaban discutiendo un episodio en el que un policía había pedido un soborno a uno de ellos. Apenas colgó aproveché para preguntarle: “¿Es frecuente?”. Se rio despectivamente. “Pues claro. Prácticamente todos los días”. Me explicó que casi sin excepción los conductores de servicio público estaban en falta desde algún punto de vista, y por eso se les podía ordeñar fácilmente. Me dijo que en esos sobornos ya cada parte sabía cómo se comportaría la otra, y que eso facilitaba las transacciones.

Una pausa. De pronto agregó: “Pero yo sí estoy de acuerdo con eso. Esa gente tiene familia, gana muy poquito. Prefiero entregarles la plata a ellos y no a los políticos. Esos sí ni siquiera dejan trabajar, se quedan con todo”. Los políticos, me explicó, no sólo arruinaban a la gente, sino que hacían promesas vanas, que nunca cumplían. “Mire no más la consulta anticorrupción de la Claudia esa”. Después de esa frase supe que podía esperar una entusiasta andanada contra Claudia López: efectivamente llegó.

Nueva pausa. “Pero voy a votar por ella —me dijo, mirándome desafiante desde el espejo retrovisor—. Como decía mi papá: esto se arregla o se putea”. Después desarrolló la idea. Votaría por Claudia por dos razones. La primera es que efectivamente creía que se necesitaba un revulsivo, algo distinto. Además, le gustaba que por lo menos no repitiera la misma canción de los demás. La segunda es que estaba convencido de que iba a ganar. “Aquí ya no hay galanes ni turbayes que valgan, ella ya está allí”.

Reproduzco la conversación tan fielmente como me lo permite la memoria. No creo que sea extraordinaria. Tampoco la destaco por creer que el taxista fuera particularmente inconsistente, o por considerar “pintorescas” sus combinaciones de rechazo y aprobación. Sino porque me hizo recordar qué poco sabemos de los procesos de formación de preferencias políticas en nuestro país. ¿Cómo se crean? ¿Cómo se ajustan? ¿Cómo y por qué cambian? Las respuestas que tenemos a estas preguntas son muy preliminares e, intuyo, fundamentalmente equivocadas. Básicamente responden a dos modelos. Por una parte, hay unos colombianos que votan por tejas y lechona (“el voto de maquinaria”) y otros porque son ilustrados (“el voto de opinión”). Esa ha de ser la versión edulcorada que tiene de sí misma la clase media de las grandes ciudades. Por la otra, y esto es nuevo, hay votantes críticos y otros autoritarios; los segundos no cambian nunca y se aferran fanáticamente a sus opiniones. Una vez más, sospecho que esta segunda dicotomía se apoya en un superávit de autofelicitación y en un déficit de evidencia y de análisis.

¿Por qué es importante esto? Bueno, creo que es uno de esos temas que tiene un gran interés intrínseco. Pero además es fundamental para entender la suerte de las distintas formas de apelación de las principales fuerzas políticas, y de la manera que responden a ella públicos diferenciados. En medio de la sucesión de sobresaltos que enfrentamos, es fácil olvidar que Colombia es un país que ha pasado por un vertiginoso proceso de cambio político. Hace 20 años se seguía diciendo que éramos el paraíso del bipartidismo; hoy el espectro político se caracteriza por tener multitud de alternativas. Para las fuerzas nuevas es fundamental no solamente conquistar electores, sino mantener su apoyo. Aprender a escuchar, a entender y conservar a don Rodrigo.

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2019-06-07T00:00:55-05:00

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2019-06-07T00:15:01-05:00

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