Por: Aura Lucía Mera

Qué triste se queda el alma

REGRESÁBAMOS DE MARIQUITA después de un evento cultural. Caía la tarde y el cielo se condensaba en nubarrones grises, amenazadores. Regresábamos a Bogotá en el carro de Colcultura. Gloria Valencia de Castaño, Jorge Eliécer Ruiz, el conductor y yo.

El día había sido estupendo. Un homenaje a José Celestino Mutis con todas las de la ley. De pronto un derrumbe en la carretera principal. Afortunadamente un desvío nos indicaba otra alternativa.

Agarramos una carretera destapada, de tierra roja, que subía por la montaña como una serpiente. Ya las luces de Mariquita se veían lejanas y muy abajo. Parecía como si la carretera se elevara. Los goterones empezaron a caer gruesos y pesados. Las llantas empezaron a patinar. Ni un alma. Ni una luz. De pronto se acabó la carretera y quedamos atascados en medio de la tierra roja y el agua. El horizonte era un abismo vertical. Ni la más remota idea de dónde estábamos. Afortunadamente Jorge Eliécer tenía media de aguardiente. Nos calentamos y disimulamos el terror con cuentos y anécdotas.

Gloria fue la más decidida: “A bajarse del carro y ayudarlo a que dé la vuelta. No tenemos otra opción”. Y con sus zapatos finísimos de tacón puntilla se lanzó al barrizal. La imitamos. Los charcos nos llegaban a la rodilla y el viento helado nos cortaba la cara. El conductor logró poner la trompa de nuevo hacia abajo. Nos montamos empapados, congelados . Al fin llegamos a Bogotá, tipo tres de la mañana. Embarrados, mojados, náufragos de la montaña oscura y tenebrosa.

Recuerdo a Álvaro Castaño como un lord inglés recibiendo a Gloria en la puerta. Un abrazo largo. Había llegado a pensar lo peor. Jorge Eliécer llegó a su apartamento. Yo a mi casa. Todos a salvo de esta experiencia surrealista y absurda. Negra y roja.

Traigo este recuerdo porque se me quedó grabado para siempre. Porque Gloria y Jorge Eliécer acaban de dejarnos para siempre. Tres días de diferencia. Dos gigantes de la cultura. Dos cerebros irrepetiblemente brillantes.

De Gloria sólo puedo decir cosas lindas. Buena amiga. Divertida. Firme y vertical. Arisca. Nunca se dejó manosear. La vi por última vez hace menos de un año en un almuerzo con cinco amigos del alma. Recuerdo su risa, porque sus nietos le habían regalado unos zapatos rojos “go-go”. A pesar de su fragilidad, sus ojos de gata chispeaban de humor y energía. Contundente. Sabia. Elegante de alma y cuerpo. No imaginé que fuera la ultima vez.

Jorge Eliécer. Una enciclopedia viva y mordaz. Un intelectual de tiempo completo. Un lobo estepario alimentado por la palabra escrita. Zar cultural en la presidencia de Belisario. Punzante y afilado en cada comentario. Crítico acerbo de máscaras sociales. Intransigente con la frivolidad disfrazada de cultura. Alma bohemia. Mente brillante. No en vano sus intimos lo apodaban “el monstruo”. Sufrió en carne propia, como decía Unamuno, el dolor del pensamiento.

Dos amigos que se van. A lo mejor están riéndose ya, en sus nuevas dimensiones. Pero a los que quedamos, y tuvimos la fortuna de ser sus amigos, nos dejan un vacío en el alma, que sabemos no se volverá a llenar. Para Álvaro, Pilar, Rodrigo, Clarissa, Pedro, un abrazo largo como un túnel. “Qué triste se queda el alma cuando un amigo se va…”.

 

 

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