Qué valientes son

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La lección de resiliencia que están dando al mundo los adolescentes no puede pasar inadvertida. En esa etapa de la vida en que se fortalecen los lazos de amistad verdaderos, las hormonas se van manifestando y el deseo de libertad y autonomía apremia, con esas ganas de salir a descubrir el mundo, de no tener miedo a nada ni a nadie.

Los sueños de los primeros besos, de ir a cine en pareja y sentir el roce de una mano en la otra... esas maripositas amarillas que empiezan a revolotear en el ombligo, ese sentir el corazón acelerado al mirarse cara a cara, siempre como si fuera la primera vez, poner cara de teléfono o de Whatsapp, vestirse para esa cita mirándose en el espejo mil veces y hacer inventario detallado de todos los defectos... y no me refiero al género femenino. Estos deseos, estos sueños, estas mariposas, estas ansias de libertad son las mismas para los jóvenes, ya con bozo incipiente y piernipeludos.

De pronto, la guillotina tajante e inclemente de la pandemia les cae sin avisar, sin consultarles, cuando estaban ya listos para sus proms, las ceremonias de graduación, los viajes con los compañeros, los campos de verano, los preparativos para entrar a la universidad, los vestidos para estrenar. Todo mutilado. Amputado. Clausurado. Como si la misma vida les hubiera cerrado de un portazo en la cara cualquier posibilidad de empezar a vivir esa nueva etapa, ese ciclo que comienza y el horizonte se abre sin límite, con otro ritmo, nuevos desafíos, nuevos retos, nuevas ilusiones y nuevos desencantos.

Como si el bulevar de sus sueños se hubiera roto en mil pedazos, como la novena ola que se queda varada en la arena y nunca retorna al mar, como las sinfonías que abruptamente terminan en un tamborazo y hubiera caído el telón.

Un virus invisible, intangible e inmisericorde se apodera del aire y hambriento de muerte busca meterse en las narices y bocas de la humanidad para quitarnos lo único que necesitamos para vivir: el aire, el oxígeno, que es el motor de nuestros cerebros, de nuestro élan vital. Podemos aguantar varios días sin beber ni comer. Podemos vestirnos con el mismo andrajo roto, caminar descalzos, desdentados, con pelo o sin pelo, con llagas, tuertos, mancos, cojos... pero no podemos vivir más de cuatro minutos sin oxígeno. Y ese es el target que busca el enemigo.

De pronto se vacían las calles, se cierran los teatros, se prohíben los besos, se guardan en naftalina los vestidos de gala y cada familia está en la obligación de aislarse, de cerrar sus puertas, de no recibir a nadie.

Ellos, los adolescentes, aceptan el reto con estoicismo, aprendiendo día tras día, poco a poco, una nueva forma de vivir, de expresar sus emociones, de dialogar con su familia nuclear, de relacionarse con sus amistades, de enfrentarse sin cartilla de instrucciones a una nueva forma de vivir, soñar, aprender, amar. Porque todo cambió.

Lo están logrando. No les ha sido fácil. Les cambiaron las reglas del juego y es difícil todavía saber cómo será el desenlace. Creo que este desajuste mundial tendrá unas repercusiones muy positivas. El consumismo demente, la competitividad salvaje e inhumana, las hordas turísticas que arrasan como hormigas arrieras todo lo que pisan y tocan, la ambición desmedida por el dinero, por lo superfluo, darán paso a nuevos horizontes de mejor calidad de vida, se retomarán valores perdidos, se fijarán nuevas pautas de comportamiento y se usarán nuevas normas. Se dignificarán muchísimos trabajos que estaban subvalorados.

Y todo este cambio estará en las manos de estos adolescentes. Los que en este instante están oficialmente acuartelados, creámoslo o no, estudiando, disciplinados, descubriendo nuevos horizontes en los libros, aprendiendo a mirar la naturaleza de otra forma, a dialogar en otros términos, mirar y mirarse diferentes... descubriendo sus espacios interiores y descubriendo un poco a la fuerza “que la salida está hacia dentro de uno mismo”, y que ellos nos regalarán una nueva y mejor forma de vivir.

Posdata. Ya es hora de que vuelvan, de manera responsable, a salir de este confinamiento que no puede ser eterno para ellos. Creo que esta juventud tiene ya la suficiente madurez para afrontar con sabiduría y discernimiento esta nueva forma de relacionarse y vivir. No tenemos ningún derecho a mutilarles del todo su libertad.

Posdata II. Esta pandemia acabará, a Dios gracias, con los gomelitos inmamables... los hijos de papi que aúllan diciendo “usted no sabe quién soy yo”, los que daban todo for granted y se referían a sus papás como “estos cuchos de mierda”. Ojalá también acabara con los corruptos y la polarización.

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