¡Qué vivan los gordos!

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La reina Ana de Inglaterra, última de los Estuardo, gobernó 12 años, de 1702 a 1714. Encontró un país muy maltrecho pues sus seis antecesores protagonizaron tres guerras civiles y una revolución inglesa, casi siglo y medio antes que la francesa, pero tan importante como esa y con rey decapitado también.

Ana llegó al trono y se mostró como una reina juiciosa, que nunca faltó al consejo de ministros, encauzó el desastre económico dejado por sus seis antecesores varones, y promovió una diplomacia eficiente con una política exterior más allá de la guerra y la intriga. Fue una buena reina, pero casi todos los historiadores solo la recuerdan porque era muy gorda. Sus tratados de comercio con Rusia o sus políticas para impulsar la cultura y el arte han pasado a la historia con cero relevancia frente a hechos como que su ataúd era prácticamente cuadrado o que cuando asumió el trono tuvo que ser llevada en andas porque no podía caminar los 500 pasos hasta Westminster. “Grotesca”, “repugnante”, “aficionada en demasía al chocolate caliente”, es lo que escriben los cronistas de la época.

Ser gordo siempre ha sido una fatalidad, y lo comprobé de nuevo el lunes pasado con el decreto 172 de la Alcaldía de Bogotá, que los confina a casa permanente, junto a los hipertensos y a los diabéticos.

Obviamente es una medida de protección contra el coronavirus, y no cae en la estupidez de la expedida por Duque, cuatro meses antes, cuando ordenó el encierro obligatorio de “los abuelitos”, los mayores de 70 años, con la amenaza adicional de un comparendo de casi un millón de pesos. Aquello fue tan torpe e impracticable que la Policía volvió a sumar otro episodio a su normal desprestigio con ese video en el que un anciano vendedor callejero, con el rostro sangrante, es arrastrado, con esposas y todo, por tres agentes. Para él era el Covid o el hambre. Dos días después, Néstor Novoa, ese es su nombre, pidió que no sancionaran a los policías. En el fondo, el castigo debió ser para Duque por dictar normas populistas, imposibles de cumplir para decenas de miles, por supervivencia, o porque los 70 son una edad de total plenitud laboral y mental. Así se lo hicieron ver varios setentones ilustres que lograron tumbar la medida después.

El decreto 172 establece que los hipertensos, diabéticos y obesos “procurarán no salir de sus domicilios”, con lo cual nos evitó imaginar a los policías palpándole los gorditos a una gordita, y poniéndole un comparendo, o cargando una pesa y con metro en mano tomando la circunferencia abdominal para hacer cumplir la ley.

De inmediato, la asociación Gorditos de corazón elevó su protesta por considerar la medida como un acto discriminatorio. Una estigmatización. Sin duda, un debate complejo pues la diabetes y la tensión alta son condiciones clínicas que no se notan al ojo, cuyo diagnóstico no cae en relatividades y que no conllevan burlas ni escarnios. La obesidad es una enfermedad que salta a la vista, pero sus fronteras con el simple sobrepeso siempre serán difusas al ojo de un observador, inclusive el propio. Gordo es gordo y soporta el peso propio y el de siglos de persecución.

Contaba el periodista peruano Beto Ortiz en una columna, hace 9 años, que para él el colegio fue un tiempo de trauma por el matoneo sufrido, por gay pero sobre todo por gordo. “Es que la gordura no se puede esconder en el closet”, decía.

Quizá siempre fue una tragedia ser gordo, pero nunca tanto como en el último siglo cuando Hollywood y Hugh Hefner terminaron imponiendo un único modo posible de ser bello; unos cánones a los que además cientos de millones no pueden aspirar por genética, por tiempo, por economía. El sobrepeso (no la obesidad) es una de las pocas dimensiones humanas que, sin ser una patología, una categoría moral, un tabú antropológico, un lastre social, propició toda una megaindustria para proscribirlo y construyó una cultura a su alrededor; una cultura del miedo y la evitación. Entonces al horror primigenio a la muerte, a la enfermedad, se añadió este terror obsesivo a la báscula, y ahora millones de seres humanos, aquí y en todas partes, pasan la vida esquivando la muerte, la enfermedad y la gordura. Con el agravante de volver complejo algo tan bellamente natural y sagrado como el acto de renovar energía a través del alimento. El pan es el ejemplo perfecto: exaltado en la biblia como referencia de lo más básico, convertido en sinónimo de prosperidad, de unidad, de comunión metafísica incluso, el pan es desde hace mucho rato uno de los demonios a erradicar.

Esa consideración hegemónica y totalizante de la belleza es un empobrecimiento de la conciencia humana, una amputación cultural y hasta un desmedro de la libertad pues no se llega al cuerpo ideal por conformidad propia sino por estándares construidos e impuestos.

Lo más grave quizás es el deterioro psicológico profundo que todo esto conlleva. El desprecio de millones de seres humanos por el cuerpo que habitan y que deben padecer como carga perpetua; el abismo entre su yo real y un yo que no puede ser para muchos, con lo cual la vida completa es un campo de batalla entre pulsiones básicas. Y afuera la violencia arrecia.

En una encrucijada como la de hoy, puede sonar pueril la queja de Gorditos de corazón pero es comprensible percibir una intención segregacionista en el decreto por ese límite difuso, a simple vista, entre obesidad y sobrepeso, y porque la violencia contra los gordos es tan vieja y omnipresente que ya nadie la nota. Y eso que tenemos a un gordito en la presidencia. ¿O será a un obeso?

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